domingo, 19 de abril de 2009

Ibn Jaldún

Abd-ar Rahman Ibn Jaldún al-Hadrani pertenecía a una familia árabe que se estableció en al-Andalus en el siglo IX. Su origen les garantizó una buena posición social y un papel político destacado en al-Andalus. Pero, como sucedió a otras muchas familias musulmanas que llevaban siglos en la Península, se vieron obligados a abandonarla a consecuencia de la reconquista cristiana. A mediados del siglo XIII sus antepasados emigraron a Túnez, aunque mantuvieron siempre el orgullo de su origen andalusí. Bajo la supervisión de su padre y de preceptores a los que recordará con admiración y gratitud, Ibn Jaldún aprendió a leer el Corán y se formó en disciplinas como la jurisprudencia, la historia, la gramática o la filosofía.

El universo político de Ibn Jaldún se extendió desde el reino nazarí de Granada, último reducto musulmán en la Península, hasta el Oriente islámico, pasando por el norte de África. Su labor no fue fácil. En el siglo XIV, el este del mundo musulmán fue devastado por las invasiones mongolas.

Entre 1374 y 1378, Ibn Jaldún ser retiró al castillo Ibn Salama, en el desierto argelino, para escribir la que se convertiría en su obra magna: la Muqaddima o Prolegómeno de la historia universal, en la que recogía todo el saber de su época. En ella expuso su particular concepción de la Historia, fundada en su amplio conocimiento de los estados musulmanes y sus instituciones, y en los distintos modos de vida tradiciones generados por la vida urbano y e l medio rural organizado en torno a la tribu.
Para el autor, el único agente de la historia es la sociedad, y el proceso histórico es un constante devenir en el que los hombres, al igual que los imperios, crecen, maduran, declinan y mueren. La plenitud de ese proceso está representada por la ciudad, que da origen a la decadencia, mientras que la vida nómada constituye el impulso vital de la sociedad.

La repetición perpetua del proceso de auge y declive revela una concepción cíclica de la historia, aunque Ibn Jaldún no excluye un cierto progreso de la civilización. De ello concluye que, de la misma manera que un hombre por sí sólo no puede cambiar la historia porque está determinado por su ser social, los historiadores conocen las leyes y los mecanismos de crecimiento y declive de las sociedades pero no pueden evitar su final.

La gran innovación de Ibn Jaldún como historiador fue convertir la historia en una ciencia. Su método partía de una base empírica. El historiador debía analizar los documentos, ordenarlos y sintetizarlos para encontrar las constantes que determinaban las leyes históricas. Su función no era relatar los principales acontecimientos históricos ni describir la vida de los grandes personajes políticos, sino descubrir los mecanismos internos de las sociedades. La historia se convierte, de esta forma, en una ciencia tan exacta como las ciencias naturales, aunque sometida a las peculiaridades que requiere su método: “ La Historia tiene por verdadero fin hacernos comprender el estado social del hombre, es decir, la civilización...Considerando la historia en su aspecto exterior, parece que no pasa de ser una serie de anales de acontecimientos...Mas la ciencia histórica tiene sus caracteres intrínsecos que son el examen y la verificación de los hechos, la investigación atenta de las causas que los han provocado, el conocimiento profundo de la naturaleza de los acontecimientos y sus causas originales”. Frente a los simples narradores de sucesos, Ibn Jaldún antepuso la crítica y la razón a la fuerza de la tradición. Si estas ideas se hubieran impuesto habrían representado un cambio radical en el pensamiento islámico.

La única traducción completa al castellano de la gran obra histórica de Ibn Jaldún, con un estudio introductoria, es “Una suma histórica”, de la editorial Elías Trabulse. FCE, México, 1997.

(FUENTE: A. ESTEBAN-I.CALDERÓN, “Ibn Jaldún: el árabe que descubrió las leyes de la historia”, Historia Nacional Geographic, 54, 2008, pp. 105-107).

No hay comentarios:

Publicar un comentario