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viernes, 19 de noviembre de 2010

Las Tres Culturas

Una de las cosas más características de la Edad Media es la diversidad de cultos religiosos que se podían dar dentro de un mismo territorio, así como la diversidad de creencias que, partiendo de una misma base, se desarrollaban por líneas divergentes dando lugar a lo que, más adelante, se considerarían herejías.

En una época en la que la fe cristiana estaba prácticamente empezando en su monopolio, las gentes humildes seguían aferradas a antiguas costumbres “paganas” que, en mayor o menor medida se disfrazaban de cristianismo para poder seguir siendo practicadas. Los judíos, desperdigados por toda Europa, seguían con sus ancestrales creencias y surgía una nueva religión, la islámica.
Aunque con el tiempo las tres grandes religiones monoteístas (las Religiones del Libro) se enzarzarían en una lucha casi eterna (dura hasta hoy día) por llevar la razón ante las otras, no debemos olvidar que hubo un tiempo en el que convivieron conjuntamente y en armonía, alimentándose unas de otras y compartiendo sabiduría y conocimientos. Ese hecho se dio aquí, en la Península Ibérica, en Hispania, en Al-Ándalus, en Sefarad; distintos nombres para una tierra que, una vez, fue tolerante.

Cuando en el siglo V se creó el Reino Visigodo en la Península, éstos trajeron el cristianismo bajo lo que sería más adelante una herejía: el arrianismo. En el 587 el rey Recaredo se convierte al catolicismo imponiendo así esta religión en todo el reino como la oficial.
Aunque en un tiempo la población del Imperio Romano era judía en un 7% con propiedades, tierras y representación en todas las profesiones, las autoridades cristianas los restringieron a la usura y el comercio menor, por lo que las persecuciones y la privación de derechos hacia los judíos eran bastante habituales.

Cuando en el siglo VIII los musulmanes invaden la Península, esta situación cambia ya que consideran al pueblo judío como una clase muy útil para el gobierno árabe, por lo que se vivirá una etapa de libertad y esplendor para los sefarditas.
Bajo el dominio musulmán, España se volvió la luz de la civilización en una Europa que se encontraba en tinieblas. El intercambio con Medio Oriente se estableció y la economía se desarrolló bajo la influencia de los pobladores musulmanes y judíos.
La cultura floreció ya que el califato occidental quería brillar más el de oriente en Bagdad, lo que hizo que se buscara la excelencia en cada campo.
Muchos cristiano de la Europa Occidental llegaron a estudiar a España cuando se enteraron de la gran actividad intelectual que aquí se llevaba a acabo. Toledo fue en particular un importante centro de reunión de las tres creencias, donde estudiantes y místicos podían discutir libremente.

Cuando Alfonso VI conquista Toledo a los musulmanes (1085) sigue manteniendo en su corte a los más versados y creativos profesionales de todas las religiones. Sin embargo, favorecía a los musulmanes y a los judíos en tal grado que sus cortesanos cristianos estaban preocupados por su influencia.

España fue testigo de un periodo único de la historia. Fue el país anfitrión de la Época de Oro en la que el intercambio tolerante y amistoso entre las tres religiones de occidente fue posible. Por un breve tiempo Córdoba y luego Toledo, fueron capitales espirituales de Europa. Fue sólo cuando los elementos fundamentalistas de las tres creencias trataron de restablecer sus religiones en forma simplista que el proceso se frenó y fue destruido. Fue después de 1492 y de la expulsión de los judíos y más tarde de los musulmanes.

(FUENTES: wikipedia.org; kabbalahsociety.org)

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La Disputa de las Investiduras

Cuando en 1073, Gregorio VII es elevado a la sede pontificia, la primera medida que toma ese mismo año es la de la obligatoriedad del celibato eclesiástico mediante la prohibición del matrimonio de los sacerdotes.
Numerosos abades, obispos y eclesiásticos en general prestaban vasallaje a sus señores civiles en razón de los feudos adquiridos. Cualquier clérigo podía tener un reducto feudal con las mismas condiciones que un laico, solamente algunos feudos eclesiásticos tenían como condición que el vasallo fuera un clérigo, en dicho caso y contando con que este no lo era, el aspirante quedaba investido eclesiásticamente de modo automático. Siendo territorios de dominio señorial que llevaban aparejados derechos y beneficios feudales, su concesión era realiza por los soberanos seculares mediante el acto de investidura; el problema viene porque, en el caso de los feudos eclesiásticos, un laico no puede consagrar clérigos, o lo que es lo mismo, no podía otorgar investidura de un feudo eclesiástico. Esta prerrogativa se atribuía en exclusiva para si o para sus legados el sumo pontífice.


Para los reyes y emperadores esto era impensable, ya que los feudos eclesiásticos eran, ante todo, feudos. Tan vasallos como los demás y con las mismas obligaciones, tanto económicas como militares en caso de necesidad. Los monarcas no podían permitir que la discrecionalidad legislativa del papa, operativa en todo caso en asuntos puramente religiosos, les privara de investir a los destinatarios de dichos feudos y que, por consiguiente, les quitara el provecho de los mismos.

Por otro lado, los mismos obispos, abades y los simples clérigos se opusieron al cambio de su situación por el riesgo de pérdida de las condiciones y prerrogativas de que disfrutaban en sus posesiones feudales.

Estas medidas afectaban, sobre todo, al emperador del Sacro Imperio Romano, ya que la mayoría de sus feudos eran eclesiásticos y de dichos vasallos es de donde elegía sus personas de confianza y sus administradores. Renunciar a sus derechos en estos feudos equivalía a prescindir de sus máximos consejeros.

Las miras de Gregorio VII estaban puestas claramente a minar la autoridad imperial ya que, en 1074, dicta otros cuatro decretos sobre la simonía y las investiduras; que no se promulgan en Inglaterra, ni en Francia ni en España.

La reacción por parte de las autoridades civiles y de los mismos clérigos afectados fue tan virulenta que, en muchos casos, corría peligro la integridad personal de los legados vaticanos que fueron enviados para publicar y hacer cumplir los edictos del papa. Lejos de amedrentar estas reacciones al papa, muy al contrario, no suavizó sus métodos ni rebajó el tono de sus amenazas. Dictó nuevos decretos que repetían las prohibiciones anteriores amenazando con la excomunión para quienes, siendo laicos, entregasen una iglesia o para quienes recibiesen de aquéllos.

Los edictos promulgados por el papa se resumen en tres aspectos:

- El papa está por encima de los fieles, clérigos, obispos e, incluso, de tolas las Iglesias locales, regionales y nacionales, así como de todos los concilios.

- Los príncipes, incluido el emperador, están sometidos al papa.

- La Iglesia romana no ha errado en el pasado ni errará en el futuro.

Estas pretensiones son las que llevan al papa a un enfrentamiento con el emperador alemán en la llamada Disputa de las Investiduras, que podemos considerar como un enfrentamiento entre el poder civil y el eclesiástico sobre la cuestión de a quién compete el dominio del clero.

Enrique IV no parecía dispuesto a admitir la menor merma en su autoridad imperial y se comporta con desdeñosa indiferencia hacia las prescripciones pontificias. Siguió invistiendo a obispos para cubrir las sedes vacantes en Alemania. Gregorio VII recriminó al emperador su insolente actitud, le dirigió un nuevo llamamiento a la obediencia y le amenazó con la excomunión y la deposición. Por respuesta, Enrique IV convocó en Worms, en el año 1076, un sinodo de prelados alemanes que no se cohibieron en manifestaciones de vesánico odio hacia el pontífice de Roma y de abierta oposición a sus planes reformadores. Con el respaldo clerical expresado formalmente en el documento que recogía las conclusiones de la asamblea, en el que se dejaba constancia de desobediencia declarada al papa y se le negaba el reconocimiento como sumo pontífice, el emperador le conminó por escrito a que abandonara su cargo y se dedicara a hacer penitencia por sus pecados, a la vez que le daba traslado del acta del sínodo episcopal. La indignación en Roma superó cualquier límite. El concilio que se estaba celebrando en esas mismas fechas en la ciudad santa dictó orden de excomunión para Enrique IV y todos los intervinientes en el sínodo alemán, a lo que el papa añadió una resolución de dispensa a los súbditos del emperador del juramento de fidelidad prestado, lo declaraba depuesto de su trono imperial hasta que pidiese perdón, y prohibía a cualquiera reconocerlo como rey.


Con motivo de la publicación de la bula de excomunión contra el emperador, la nobleza opositora logró convocar en Tribur
la Dieta imperial con la manifiesta intención de deponer al monarca, aprovechando además que los rebeldes sajones estaban de nuevo en pie de guerra. Enrique IV se vio en situación comprometida. Ante el peligro de que el papa aprovechara esta reunión para imponer sus exigencias, y amenazado además de deposición por los príncipes si no era absuelto de la excomunión, Enrique IV decide ir al encuentro del papa y obtener de él la absolución.


A principios de 1077 fue advertido el papa de que el emperador estaba en camino hacia Italia. No cuestionó las hostiles intenciones de éste y buscó refugio seguro en el inexpugnable castillo de Canossa, cerca de Parma. Pero Enrique no venía encabezando ningún ejército, sino como penitente arrepentido que imploraba el perdón del santo padre y que deseaba retornar al seno de la iglesia mediante el levantamiento de la excomunión. Llegó a Canossa el 25 de enero de aquel gélido invierno pidiendo ser recibido por su Santidad. Se cuenta que el papa demoró la entrevista por término de tres días, durante los cuales permaneció el humilde emperador descalzo y arropado con una simple capa a las puertas de la fortaleza. El papa, sorprendido por la inesperada actitud de su enemigo, vacilaba sobre la mejor forma de actuar: el sumo sacerdote no podía negar la absolución de sus faltas a un peregrino que se presentaba de aquella guisa dando muestra de humildad y contrición; pero, de hacerlo, Enrique IV se vería de nuevo reintegrado en la comunidad cristiana, confirmado en su trono con pleno derecho de ceñir la triple corona, y exento de cualquier tara que sirviera de argumento a sus enemigos para exigir su abdicación. No tuvo otra opción que perdonar y absolver, ennoblecido moralmente y derrotado políticamente.
Al regreso de Enrique a Alemania, los partidarios de su cuñado Rodolfo de Suabia, reunidos en Forchheim, proclamaron nuevo emperador a Rodolfo. Enrique IV quiso poner a prueba al papa y le exigió en tono altanero que excomulgara a Rodolfo de Suabia. Las relaciones se agriaron y el emperador volvió a proceder como ya lo había hecho en ocasión anterior: convocó un concilio de prelados alemanes en Brixen que declaró desposeído de su dignidad pontificia a Gregorio VII y nombró en su lugar al arzobispo de Ravena, investido como Clemante III. La reacción del papa no se hizo esperar, e inmediatamente, en ese año de 1080, por un concilio celebrado en Roma depuso de su cargo imperial a Enrique IV, le fulminó con la excomunión y reconoció como legítimo rey a su cuñado Rodolfo.

Enrique IV se puso al frente de un poderoso ejército y marchó sobre Roma. Instalado en la ciudad santa, reunió en ella un concilio al que fue convocado Gregorio VII, mas éste no acudió, sabedor de que iba a ser juzgado y condenado. Su inasistencia no evitó su excomunión y destronamiento. En su lugar se colocó a Clemente III que se apresuró a coronar a Enrique IV y a su esposa Berta el 31 de marzo
de 1084. Gregorio solicitó la ayuda del normando siciliano Roberto Guiscardo, quien puso en marcha sus huestes de aventureros, en su mayoría musulmanes, y las lanzó contra Roma. Enrique abandonó cautamente la ciudad que quedó a merced de aquellas hordas incontroladas. Se produjo un verdadero saqueo, intolerable para el pueblo romano que se sublevó contra los valedores de la autoridad gregoriana. Fue la excusa para una salvaje represión sangrienta en la que sucumbieron millares de ciudadanos y la urbe quedó arruinada. Bajo la protección de semejante vasallo y escoltado por sus milicias musulmanas, Gregorio VII huyó de la Roma devastada y aceptó el asilo que Guiscardo le dispensó en Salerno, donde murió al año siguiente.

Tras un fugaz paso por la sede pontificia de Victor III, fue designado papa en 1088 Urbano II. En Roma, no obstante, seguía instalado el antipapa Clemente III con sus partidarios. Urbano se propuso desalojar de la ciudad santa a su oponente, para lo que confió en sus vasallos sicilianos. En efecto, con el apoyo del ejército normando pudo abrirse paso hasta Roma en noviembre de 1088, donde hubieron de librarse cruentas batallas entre las tropas del antipapa y las del papa para que éste pudiera por fin acceder a su legítimo trono. Instalado en él buscó la manera de derribar al emperador aglutinando en la poderosa Liga Lombarda las ciudades de Milán, Lodi, Piacenza y Cremona. Urbano II murió en 1099, sin haber podido doblegar a su personal enemigo Enrique IV.


(FUENTE: wikipedia.org).

martes, 3 de noviembre de 2009

Mitos eróticos de la Edad Media

El cine y la literatura nos han transmitido la existencia de ciertas costumbres eróticas medievales que no fueron tales.

EL MITO DE LA PRIMERA NOCHE: Son muchos los excesos y abusos atribuidos al sistema feudal. Uno de los más populares es el ius primae noctis, o derecho de pernada. Según este supuesto privilegio, el señor tenía la prerrogativa de acostarse con las vasallas recién casadas en su misma noche de bodas. Multitud de libros y películas han recreado estos episodios, pero no existe ni un solo documento jurídico de la época que mencione tal derecho. A lo que sí estabna olbigados los vasallos era a pedir permiso para casarse, permiso que se les concedía a cambio de un tributo. En algunas regiones el pago de tasas iba ligado a una ceremonia ritual de sumisión, durante la cual el señor pasaba la pierna simbólicamente por encima del lecho nupcial en señal de dominio. De ahí derivaría el término pernada.
¿Significa eso que los señores feudales jamás violaban a sus vasallas? En absoluto. Se han documentado casos de abusos sexuales, pero éstos no constituían un derecho, sino que se consideraban una “malfetría”, o fechoría, de los nobles. Aunque la mayoría de las veces quedaban impunes, en ocasiones provocaban revueltas campesinas o protestas formales ante el rey.

CASTIDAD SIN CERROJO: Otro mito muy difundido es el de los cinturones de castidad. Con ellos, supuestamente, los cruzados garantizaban la fidelidad de sus esposas mientras guerreaban en Tierra Santa. Sin embargo, es impensable que una mujer llevara un cinturón de castidad durante años. Las infecciones, inevitables, las conducirían a la muerte en pocos días.
El único indicio antiguo de la existencia de estos artilugios es un boceto del siglo XV, más de cien años posteriores a la última cruzada. Se ignora si realmente llegó a fabricarse, pero de ser así, lo más probables es que las mujeres lo usaran para protegerse de violaciones en viajes o paseos, y solamente durante unas horas. Hasta ahora, todos los cinturones que se han examinado con medios modernos han demostrado ser imitaciones creadas en el siglo XIX. La mayor parte de los museos de historia medieval los han retirado ya de sus vitrinas.

(FUENTE: A. ECHEVARRÍA; “De pernada, nada”; Historia y vida; 500; 2009; p.93)

domingo, 28 de junio de 2009

El año 1.000

A mediados del silo XI, el monje borgoñón Raúl Glaber describió cómo el año 1.000 se vio precedido por hambrunas epidemias, herejías y fenómenos celestes insólitos que causaron hondo dolor y aflicción entre clérigos y laicos “Se creía que el orden de las estaciones y los elementos había vuelto al caos, y que aquello era el fin del género humano”, sentenció. Desde entonces, muchos historiadores han supuesto que la narración de este cronista da cuenta de una serie de fenómenos que pudieron conmocionar a la sociedad altomedieval, aterrada por la posibilidad de que con el cambio de milenio se produjera el fin de los tiempos.
El origen de esta interpretación se encuentra en el último libro bíblico, El Apocalipsis de San Juan, que revela que tras mil años, la humanidad se vería azotada por los desastrosos acontecimientos previos al retorno de Cristo. Sin embargo, salvo algunos testimonios que, a menudo de forma indirecta, se refieren a hechos aislados, ninguna ola de pánico sacudió Europa en este tiempo. ¿Cómo surgió tal creencia?

En El mito histórico del año 1.000, el medievalista y Premio Nacional de Historia de España Eloy Benito Ruano identifica al principal responsable de la masiva difusión de esta falacia: el historiador británico William Robertson. En Cuadro de los progresos de la sociedad europea, escrito en 1.769, este autor, que contaba con un gran prestigio intelectual, anotó que a finales del siglo X corrió la opinión por Europa de que los mil años que menciona San Juan en el Apocalipsis habían llegado, y con ellos el fin del mundo. Según Robertson, “esto causó una gran consternación en el orbe cristiano; muchísimos renunciaron a su patrimonio y abandonando a familia y amigos se encaminaron a Tierra Santa, donde creían que Jesús volvería a aparecerse para juzgar a los hombres”. La historiografía romántica del siglo XIX hizo suyo este discurso y autores como el economista francés Léonard de Sismondi lo enriquecieron y universalizaron. En su Historia de la caída del Imperio Romano y del declive de la civilización, compuesto en 1.835, de Sismondi llegó a firmar que según se aproximaba la fecha fatídica, “la masa entera de los hombres se hallaba en el estado de ánimo del condenado a muerte; todo trabajo quedó sin objeto”. Benito Ruano cita que el abad Lausser fue un paso más allá y en su Estudio histórico del siglo X (1.866) llega a proclamar que “toda actividad cesó y un silencio profundo, una extraña paz se hizo en Occidente”.

Estas estampas decimonónicas y otras aún más pintorescas – algunos afirman que se extendió el canibalismo por medio continente y que el clero empezó a vender plazas para el Paraíso – mostraban a las gentes de finales de 990 como víctimas de una especia de mal del siglo, un sentimiento muy del gusto de los autores románticos. De este modo, la idea se popularizó y, de hecho, ha pervivido hasta nuestros días, y eso que sus difusores no tuvieron en cuenta, por ejemplo, que los pueblos europeos no partían de la misma fecha para contar el tiempo – en los reinos cristianos de la Península Ibérica solía usarse la era hispánica, que comenzaba en el 38 a.C. – o que otras culturas, como la judía, usaban su propio calendario.
Según Benito Ruano, si bien existen alusiones a la creencia, el temor o la suposición de un posible fin del mundo, no hay noticia alguna de conmoción general en un lapso prudencial de tiempo en torno al año 1.000 que pueda considerarse una manifestación o consecuencia de esos supuestos terrores. Otra cosa muy distinta es el impacto psicológico que causaron algunas noticias, como la extensión de una epidemia por el norte de Italia en 997 conocida como el mal de los ardientes, la destrucción de la iglesia del Santo Sepulcro en 1.009, las periódicas incursiones de los pueblos nórdicos o las acometidas de Almanzor sobre los reinos cristianos de la Península Ibérica que marcaron el fin del milenio. “Seguramente existió una inquietud por el ocaso del mundo – una preocupación que perduró a lo largo de la Edad Media -, pero no un terror apocalíptico predeterminado para una fecha fija”, señala Benito Ruano. Por el contrario, numerosos acontecimientos desmientes que la población se estuviera preparando para el fin. En Colonia, por ejemplo, tuvieron lugar grandes festejos en diciembre de 999 con motivo de la llegada de un nuevo arzobispo y Venecia, que había sido asolada por un incendio en 977, comenzó a ser reconstruida. Además, se conservan innumerables documentos de préstamos que dan cuenta de las deudas que los acreedores esperaban cobrar a lo largo del primer cuarto del siglo XI. El medievalista francés Edmond Pognon indica que se trata de algo único en la historia del pensamiento: “una doctrina profesada sin éxito alguno en la época en la que debería haber estado de actualidad comienza a ser hinchada desmedidamente varios siglos más tarde y adquiere un crédito casi universal”.

El oscurantismo con el que se ha querido relacional el año 1.000 contrata con la revolución social y económica que se produjo en Europa en aquella época. Los cambios en el sistema de la producción agrícola, como la introducción de la rotación en los cultivos y la mejora de los arados, propiciaron un importante crecimiento demográfico que se tradujo en la colonización de nuevas tierras y la apertura de rutas comerciales. La expansión del arte Románico y el impulso de los peregrinajes a Tierra Santa son muestras de esa revitalización, que se consolidaría a lo largo del siglo XI y que animaría a los grandes señores a lanzarse a una temeraria aventura: recuperar para la cristiandad los Santos Lugares y, de paso, controlar el comercio con Asia. Hoy conocemos este fenómeno como las Cruzada.

(FUENTE: A. ALONSO Y L. OTERO; “El gran cambio”; Muy historia; 21; 2009; pp. 48-49)

domingo, 7 de junio de 2009

La toma de la Cruz


El contexto social, político y religioso de la Europa de los siglos XI, XII y primera mitad del XIII no se puede concebir sin las campañas militares que se desplazaron hasta Oriente para recuperar los Santos Lugares de la cristiandad. Una de las más inmediatas consecuencias de estas campañas, conocidas como cruzadas, fue el surgimiento en Jerusalén de las primeras órdenes militares: el Temple y el Hospital de San Juan.
El cambio de milenio trajo consigo la figura de un papa emblemático y reformista, Gregorio VII, quien, ante el creciente poder de la caballería feudal, con la consiguiente pérdida del mismo que suponía para los estamentos eclesiásticos, promulgó sus Dictatus Papae en 1075, mediante los cuales se garantizaba la supremacía del poder pontifical sobre todos los hijos de la Iglesia, tanto clérigos como laico, incluido, claro está, el emperador del Sacro Imperio. Esto supuso un duro enfrentamiento entre el papado y el emperador germánico, que desembocó en la conocido como Querella de las Investiduras.

No obstante, Gregorio VII puso también las bases de lo que después su sucesor, Urbano II, culminaría: el movimiento de transformación de una laica y agresiva clase militar, en unos combatientes al servicio de Dios y de su Iglesia. Ya en 1074, el primero anunciaba la recompensa de la eternidad para los reclutas que marcharan contra el infiel, en una primera apología de la Guerra Santa, justificando el uso de las armas en base a la transformación de una militia diaboli en la santificada militia Dei: la violencia debidamente encauzada en la defensa de Tierra Santa y de otros sitios amenazados por los infieles, no sólo reportaría beneficios espirituales a los combatientes, sino también materiales, al ampliar las fronteras de la cristiandad. Fue Urbano II el encargado de materializar la reformada espiritualidad en un hecho concreto: el llamamiento en 1095, durante el transcurso del Concilio de Clemont, a la primera cruzada; un llamamiento en auxilio de Bizancio y de lo que, desde el siglo IV, había sido las rutas de peregrinación a Tierra Santa, sustentado en la necesidad ineludible de liberar Jerusalén de manos musulmanas.
La convocatoria se extendió por toda Europa y se sustentó con rumores de milagros y prodigios que justificaban la causa de la expedición. Los fieles que se unían a la peregrinación guerrera partían con un fervor religioso sincero, en la esperanza de ser absueltos de sus pecados, sin olvidar la posibilidad de conseguir tierras y privilegios en Oriente. Para la Iglesia, el éxito de esta cruzada suponía la consolidación de su poder terrenal y el prestigio que venía buscando desde la reforma gregoriana.

Urbano II otorgó como emblema de la campaña una cruz que los combatientes debían bordar en sus ropajes, adoptando por ello el nombre de crucesignati. Estos primeros cruzados partieron con una organización anárquica, causando en su camino atroces matanzas de judíos y llegando hasta Constantinopla, donde se les embarcó para cruzar el Bósforo. Nada más desembarcar se encontraron con un bien adiestrado ejército turco que destrozó, sin problemas, esta cruzada popular. Los supervivientes esperaron en la capital bizantina la llegada de los principales nobles europeos, ya bien organizados, los cuales se abrieron paso por tierras de Asia Menor sin grandes problemas. Tras tomar Nicea, Antioquía y Edesa, la primera cruzada, bajo el mando de Raimundo de Tolosa y de Godofredo de Bouillon, entre otros, llegó en 1099 a las murallas de Jerusalén, dando inicio tras rebasar sus puertas a una desenfrenada carnicería contra los habitantes musulmanes, judíos e incluso cristianos. Fueron pocos los musulmanes y judíos jerosolimitanos que lograron escapar con vida. De esta masacre por la fe dejó constancia escrita en sus crónicas unos de los cruzados, Raimundo de Aguilers, capellán del conde de Tolosa:

“Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blanco de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el Templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias. Fue justo y especial castigo de Dios que aquél lugar fuese cubierto con la sangre de los infieles que por tanto tiempo habían acudido allí a blasfemar”

Tras la toma de la ciudad se procedió a la organización política y eclesiástica para preservar los territorios conquistados. Se nombre rey de Jerusalén y defensor del Santo Sepulcro a Godofredo de Bouillon. Un legado pontificio nombró a Arnulfo de Choques patriarca de Jerusalén, con el objetivo de iniciar la latinización del clero y la liturgia de la ciudad. Finalmente, la defensa militar de la misma se sustentó en los que terminaría siendo las primeras órdenes militares, la primera de todas ellas, el Temple, a raíz del primitivo núcleo de los “Pobres Caballeros de Cristo”, y posteriormente la de los hospitalarios.

(FUENTE: J. R. FERNÁNDEZ; “Tomar la cruz”; Memoria, la Historia de cerca; 12; 2008; pp.24-30)

miércoles, 20 de mayo de 2009

Batalla de las Navas de Tolosa

El 16 de Julio de 1212 tendría lugar en las cercanías de la localidad jienense de Navas de Tolosa la batalla decisiva que permitiría extender los reinos cristianos hacia el sur de la Península Ibérica, dominada entonces por los musulmanes.
Tras la Batalla de Alarcos en 1195, que supuso la derrota del rey castellano Alfonso VIII, el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximenez de Rada, y el papa Inocencio III, organizan en España una cruzada contra los almohades musulmanes ya que esta derrota había llevado la frontera musulmana hasta los Montes de Toledo, amenazando a la misma ciudad de Toledo y el valle del Tajo.

Una vez que Alfonso VIII realiza una serie de alianzas con los diferentes reinos de la Península con la colaboración del Papa y tras la noticia de una nueva ofensiva de las tropas almohades, se decide preparar un gran encuentro con las tropas almohades, dirigidas por el propio califa Muhammad An-Nasir.

Tanto los beligerantes cristianos como los musulmanes tenían un ejército variado, formado por miembros de varios países que habían acudido a la llamada de la Cruzada (en la parte cristiana) o a la de la Guerra Santa (en la parte musulmana).
Las fuerzas cristiana estaban formadas por las tropas del rey Alfonso VIII, que era el coordinador, junto con las de veinte Concejos Castellanos (Medina del Campo, Madrid, Soria, Palencia, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gomaz entre otras), las cuales rondaban en total los 50.000 hombres y cuyo abanderado era Diego López II de Haro, quinto señor de Vizcaya.
También se incluían las tropas del rey Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal, que sumaban otros 20.000 hombres. Asimismo, en el bando cristiano luchaban los caballeros militares de las órdenes de Santiago, Calatrava, el Temple y San Juan. Junto con ellos, se encontraban unos 30.000 cruzados provenientes, en su mayoría, de Francia y que habían acudido a la llamada de Inocencio III.
El rey Alfonso IX de León no tomó parte en la contienda al encontrarse enemistado con el rey castellano, pero sí lo hicieron varios caballeros leoneses.

Las fuerzas musulmanas estaban formadas por unos 120.000 combatientes, entre los que se encontraban la infantería ligera marroquí, reclutada en el Alto Atlas; los infantes voluntarios de Al-Ándalus; el propio ejército almohade, con su potente caballería africana; tras esta caballería se encontraban los arqueros a caballo turcos; al final, formando un apretado círculo en torno al califa, se encontraban los imesebelen, soldados-esclavos procedentes de Senegal, los cuales estaban encadenados con gruesas cadenas de oro y estacas, de tal forma, que no les quedaba otra alternativa que luchar o morir (estas cadenas son las que incorporaría Sancho VII al escudo de Navarra).

El ejército cristiano se reunió en Toledo a principios del verano de 1212 y avanzó hacia el sur. Tras la toma de Malagón, se produjo la deserción de la mayoría de los cruzados francos, en parte por las incomodidades y el calor, pero en parte también por no estar de acuerdo con la política seguida por Alfonso VIII, ya que este había ordenado un trato humanitario hacia los musulmanes en caso de victoria después de los asesinatos y los malos tratos infringidos a la población musulmana tras la toma de Malagón y de los incidentes y los crímenes cometidos por dichas tropas francas en la judería de Toledo.

Los cristianos se fueron aproximando a la llanura de Navas de Tolosa, ya que pensaban sorprender al enemigo y llevar a cabo una batalla campal, la cual les propiciaba aunque sus tropas fueran menores. Pero el califa cortó el acceso al valle, dejando a los cristianos rodeados de montañas y, por consiguiente, con menor libertad de movimiento. No obstante (según la tradición, gracias a un pastor que les indica la senda), consiguen aproximarse al enemigo hacia el oeste a través de un paso llamado Puerto del Rey y, ya en terreno llano, marchar contra el enemigo.

Después de dos días de pequeñas escaramuzas, el 16 de Julio, cansados de esperar y temiendo las deserciones, atacan a las tropas almohades.
Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas, los almohades, que doblaban ampliamente el número de éstos, realizan la táctica de simular una retirada inicial para contraatacar luego con el grueso de sus fuerzas de élite en el centro.
Al verse rodeado por el enorme ejército almohade, acude la segunda línea de combate cristiana, pero no es suficiente y las tropas de López de Haro comienzan a retirarse, pues las bajas son muy elevadas, no así el propio capitán que, junto a su hijo, se mantiene en combate cerrado junto a Núñez de Lara y las Órdenes Militares.
Al notar el retroceso de muchos de los villanos cristianos, los reyes al frente de sus caballeros e infantes, inician una carga crítica con la última línea del ejército. Este acto, infunde nuevos bríos en el resto de las tropas y es decisivo para el resultado de la contienda ya que los flancos de la milicia cargan contra los flancos del ejército almohade mientras que los reyes marchan en una carga imparable. Sancho VII se dirige directamente hacia Al-Nasir y, junto con sus 200 caballeros navarros, atraviesan la última defensa: los imesebelen.

El hacinamiento de atacantes y defensores dentro del círculo del califa fue decisivo. No existía ninguna forma de detener una carga de caballería pesada y, los arqueros musulmanes, los más temibles enemigos de los caballeros, no podían actuar debidamente cogidos en mitad del tumulto. El ejército de Al-Nasir se desintegró, buscando cada cual su propia salvación en la huida, incluido el propio califa.

Como consecuencia de esta batalla, el poder musulmán en la Península Ibérica comenzó su declive definitivo y la Reconquista tomó un nuevo impulso que produjo, en los siguientes cuarenta años, un avance significativo de los reinos cristianos.

(FUENTE: wikipedia.org)

lunes, 4 de mayo de 2009

La Peste Negra


San Roque, el santo representado con un perro al lado, es una imagen frecuente en muchas iglesias de España, de Europa e incluso del otro lado del Atlántico. Muchas son las localidades con una iglesia o ermita en su honor y muchas también las que celebran su fiesta. ¿A qué se debe tanto fervor? Su historia está unida a la gran pandemia que llegó a Europa en 1348: la Peste Negra o Muerte Negra. Dedicado a atender a los apestados, San Roque se contagió y se convirtió en patrón de la peste, junto a San Sebastián.

Como “acontecimiento mundial” más importante del siglo XIV, aquella gravísima epidemia hace de 1348 una fecha histórica esencial, uno de esos clavos indispensables para colgar el tapiz de la Historia. Ese año llegaba la “gran mortalidad”, “el mal que corre” (no se llamó Peste Negra o Muerte Negra en su tiempo), a una población europea sin inmunidad para resistir a la bacteria que desde el desierto de Gobi se dispersó hacia el este y el oeste del continente euroasiático, llevada por los roedores que acompañaban a los pastores y a los jinetes del Imperio mongol.

La Peste Negra se conoce de manera desigual en los reinos hispánicos; la documentación ha permitido conocer mejor su impacto en la Corona de Aragón que en la de Castilla. En Aragón, se produjo la “despoblación de las aljamas moriscas de Borja y Zaragoza y de los barrios judíos de Huesca y Zaragoza; suspensiones de envío de tropas contra Granada; aplazamiento de las Cortes; ruina de los arrendadores de peajes; disminución de las rentas de la acequia de Zaragoza; concesión de moratorias a los deudores; preparación de viajes a Roma para ganar el jubileo” (Lacarra).
Estos problemas y acciones no fueron exclusivos de Zaragoza. A esa ciudad había llegado la epidemia en septiembre de 1348, pero meses antes había atacado a otros lugares de la Corona aragonesa. Es impresionante la velocidad que había cogido la bacteria. El barco que infectó al Occidente europeo había salido de Caffa (península de Crimen) en octubre de 1347. Llegó al puerto de Mesina a finales de ese año, y alcanzó la costa levantina en la primavera de 1348. La primera víctima fue Guillem Brassa, un ciudadano de Alcudia (Mallorca) que murió a finales de marzo de 1348. El medio más eficaz del contagio, los barcos, esparció la peste por la costa mediterránea. A principios de abril había llegado a Almería, en mayo a Barcelona, Tarragona y Valencia, en junio a Teruel y Pamplona, en septiembre a Huesca y Zaragoza, en octubre a Tuy Zamora. Estaba en Toledo en el verano de 1349, y en marco de 1350 produjo estragos en el ejército que intentaba asaltar Gibraltar al mando de Alfonso XI, que murió de peste.
Hubo otras puertas de entrada de la epidemia. A Pamplona pudo llegar desde Francia por los puertos pirenaicos que abrían el Camino de Santiago, y de allí pudo partir a la Cornisa Cantábrica y a Galicia. Si se movió al ritmo que lo hizo en Francia, a cien kilómetros al mes, pudo llegar a Santiago de Compostela antes de terminar 1348.

Pronto empezó a tomarse medidas, ineficaces al desconocer los propios médicos la naturaleza de la epidemia. Los regiementa, tratados escritos por médicos desde el momento que llegó la peste, se preocupaban por analizar sus causas, describir sus síntomas y proponer medidas profilácticas y terapéuticas.
Agramont (un médico de Lérida) y otros contemporáneos señalaron los cuerpos celestes como provocadores de la peste, aunque las causas naturales fueron tenidas en menos consideración que la explicación sobrenatural: la ira de Dios castigaba a los hombres por sus muchos pecados.

No podían imaginar que se trataba de una bacteria que vivía en el estómago de un tipo particular de pulga (Xeopsilla cheopis) que viajaba en los lomos de las ratas.
También desconocían las tres variedades de la peste (bubónica, pulmonar y septicémica), limitándose las descripciones a la variedad bubónica.

Los remedios que se aplicaban eran ineficaces. Los propios médicos recomendaban la huida y la oración. La huida tenía riesgos para los residentes de la ciudad afectada, de ahí que se constate una tendencia a ocultar la enfermedad. Callar era bueno por razones económicas, sociales y psicológicas. Se procuraba impedir la entrada de hombres y mercancías del lugar afectado y aislar las localidades con peste.
Recurrir a la oración fue el remedio más común: indulgencias, limosnas, misas, procesiones, rogativas, plegarias...
Sospechaban que la epidemia era muy contagiosa, y por ello las autoridades municipales tomaban medidas preventivas y de higiene pública. En Valencia se contrataron barrenderos y limpiadores para retirar de las calles los animales muertos y recoger las basuras. Se reclutaban hombres para retirar cadáveres y sacar de sus casas a los enfermos pobres, solos o abandonados; contrataron más guardas de las puertas, para evitar la entrada de más contagiados, evitar la indisciplina callejera, los pillajes de las casas o los ataques a judíos.

Las consecuencias fueron de muy diversa índole: demográficas, económicas, sociales, políticas, religiosas, psicológicas, artísticas y literarias. Las más terribles fueron las demográficas. No hay porcentaje preciso de mortalidad general para los reinos peninsulares, aunque se ha señalado que pudo ser superior en los reinos de la Corona de Aragón que en los de Castilla. Hubo un promedio de mortalidad de un tercio de la población europea, aunque con importantes diferencias entre unas áreas y otras.

La peste no distinguió de edad, género o grupo social (Alfonso XI de Castilla o Juana II de Navarra murieron de peste). El descenso demográfico se produjo también por el descenso de las tasas de nupcialidad y natalidad y por la emigración.

Las consecuencias económicas fueron después de las demográficas, las más perjudicadas. Fue tal el desastre económico de la peste que acabó por recibir un tratamiento similar al de la guerra, en el sentido de ser un motivo de remisión de pagos.

Las consecuencias de la peste se manifestaron en otros aspectos. Los cambios psicológicos ante el miedo de una muerte inminente, introdujeron el sentido de la urgencia y una nueva medida del tiempo que se reflejó en la construcción de relojes en las plazas de muchos lugares. Se han detectado cambios en las manifestaciones artísticas; así, la representación de la figura de Cristo dejó el carácter amable por el severo, temeroso o, al menos, distante: la temática optimista se cambió por otra macabra; los temas se hicieron más moralizantes.
Su efecto duró siglos, pues no desapareció hasta el siglo XVIII. Cada pocos años, la peste volvía a ciudades, villas y lugares y sembraba la muerte de manera más o menos intensa.

(FUENTE: M.J. FUENTES; “La peste negra: mensajera de la muerte”; La Aventura de la Historia, 121, 2008, pp. 94-98).