martes, 9 de junio de 2009

Catedral de Chartres


Existen indicios de que en el lugar que hoy ocupa la catedral existía desde tiempos anteriores a la era cristiana un altar (y según algunos autores una gruta) dedicado a la Diosa Madre de la mitología druídica, siendo esta localidad un importante centro religioso para la tribu celta de los Carnutos, pueblo del que deriva el nombre de la ciudad. Esta particularidad se ha relacionado con el hecho de que Chartres se convirtiera en un importante centro de veneración a la Virgen María cuando a partir del siglo XII resurgió esta devoción en la iglesia cristiana occidental. De cualquier manera la ciudad de Chartres ya era un centro de culto mariano y peregrinaje desde tiempo atrás debido a la presencia en su catedral de la llamada Sancta Camisia, una reliquia traída desde tierra santa y cedida a la catedral por Carlos el Calvo en 876 y que supuestamente es la túnica de la Virgen María. Por este motivo gozaba de un próspero comercio centrado en las ferias que se celebraban en las cuatro grandes festividades marianas del año: la Purificación, la Anunciación, la Asunción y la Navidad.
La primera iglesia de que se tiene constancia se construyó alrededor del año 350. Esta desapareció en un incendio hacia 740 o 750 durante el saqueo de los visigodos de Hunaldo, duque de Aquitania. Una segunda catedral es destruida por los piratas normandos al mando de Hastings el 12 de Junio de 858, el obispo Gisleberto reconstruyó y amplió esta iglesia. De esta queda una capilla que forma parte de la actual cripta. En esta época es cuando la catedral recibe la reliquia de la túnica de la virgen, que aumentó la importancia del lugar. El 5 de Agosto de 962 la iglesia de Gisleberto vuelve a ser destruida durante la guerra que enfrentó a Ricardo I, duque de Normandía con Teobaldo I de Blois, conde de Chartres. Se reconstruye parcialmente. En 1020 otro incendio destruye la catedral, tras lo cual el obispo Fulberto de Chartres inicia la construcción de la cripta de una nueva catedral románica. Esta catedral fue construida rápidamente debido a una explosión de fervor religioso que motivó a cientos de penitentes a contribuir en la construcción acarreando espontáneamente provisiones y materiales de construcción hasta las obras. Fulberto muere en Abril de 1029, le sucede Geoffroy de Lèves quien consagra la catedral dos años más tarde y en 1037 se concluyen las obras.
En 1194 un gran incendio devastó gran parte de la ciudad de Chartres, incluida casi la totalidad de la antigua catedral románica. El edificio que construyó el obispo Fulberto era una gran catedral en estilo románico que contaba con una enorme cripta que albergaba la famosa reliquia.
Rápidamente se acometieron las obras de reconstrucción, pero ya en estilo gótico y hacia 1220 el cuerpo principal estaba concluido. Se empleó piedra local de unas canteras situadas a unos 8 km. Conserva del edificio anterior la cripta y la fachada oeste con el Pórtico Real. Fue consagrada el 24 de Octubre de 1260 en presencia del rey Luis IX el Santo.
La planta es grandiosa con un trazado en cruz latina, tres naves en el brazo longitudinal, un crucero también de tres naves, un presbiterio muy desarrollado y una doble gírola con cinco capillas semicirculares. Poco a poco la planta de las iglesias cristianas se va alejando de la cruz latina, característica del románico, va a ir tendiendo a la planta de salón, donde una amplia nave central produce el efecto de “espacio continuo”. La nave central es de gran altura, y aparece cubierta por bóvedas de crucería cuatripartitas, como es característico de este siglo, ya que en el siglo XIII la sexpartita prácticamente no se usa. El alzado consta de tres pisos de gran altura: el primero de arquerías de los formeros con arco apuntado, el segundo con un triforio, que substituye a la tribuna y el tercero el claristorio.
La organización en tres naves es sumamente original para la época, con la central mucho más alta que las laterales. Esta dificultad constructiva se solía solventar levantando sobre las naves laterales una amplia tribuna cuya cubierta compensaba el peso de la bóveda central reforzando la estructura, como sucede en las catedrales de Laon o París. En Chartres se suprime la tribuna quedando solamente tres niveles en el alzado de la nave; arcadas, triforio y ventanales. El Triforio es una pequeña galería que se construía en ocasiones sobre la galería y bajo los ventanales para aprovechar el espacio del tejado sobre la tribuna. La altura y amplitud de las naves se debe a dos novedades constructivas: La primera fue el abandono de la bóveda sexapartita cuadrangular, que se había usado frecuentemente en el siglo XII en catedrales como la de Laon, en favor de la cuatripartita rectangular. La bóveda sexapartita se basaba en cuatro puntos de apoyo fuertes y dos débiles, lo que provocaba a veces una alternancia en el grosor de los soportes como en Sens y Noyon, si bien en París y Laon éstos son uniformes. Los ábacos de los capiteles sostenían los haces de fustes de las columnillas adosadas conectando así los pilares con los nervios, pero esto causaba una excesiva fragmentación que se solucionó en Chartres creando un pilar acantonado consistente en un núcleo cilíndrico central rodeado de cuatro elementos más pequeños que conectan tanto con las cubiertas como con las arcadas que las separan. De ellos el que da a la nave central no tiene capitel sino una cornisa sobre los demás capiteles y que actúa como zócalo del resto de elementos verticales que van a unirse a los arcos y nervios de la bóveda. Con esto se logró una unidad de los complejos soportes sin perjudicar la integridad de cada parte. La otra novedad es el empleo de un tipo de arbotante totalmente desarrollado. Salvo los superiores, añadidos después de la construcción original, los inferiores son dobles unidos por columnillas radiales. Estos se unen a los contrafuertes externos, muy gruesos en la base y que se complementan con los contrafuertes internos, ocultos bajo el techo de las naves laterales.La fachada principal es fruto de diversas intervenciones a lo largo del tiempo. El Maestro de Chartres desmontó la fachada y la desplazó hacia delante y añadió el gran rosetón y la galería de los reyes sobre este. Al aumentarse la altura de la fachada las dimensiones de la torre sur en proporción al resto de la fachada cambiaron notablemente, por lo que cuando se construyó la torre norte; la Clocher Neuf, concluida en el año 1513 para equilibrar la composición impuesta por la primera torre, se estableció una asimetría que crea un fuerte dinamismo visual. Esta se realizó en estilo flamboyant (flamígero francés).
El pórtico, llamado Pórtico Real (Porte Royal), se construyó en la década de 1140 para la anterior catedral románica y tiene forma de embudo, lo que posteriormente sería una norma común para las catedrales góticas. Las esculturas y relieves están inspirados en los del pórtico oeste de la basílica de Saint-Denis, que fueron destruidos durante la reforma. Las jambas están decoradas por altas figuras de reyes y personajes del Antiguo Testamento. Los frisos narran escenas de la vida de la Virgen en su juventud con San Joaquín y Santa Ana. El tímpano está decorado con una escena del Juicio Final con Cristo Pantocrator enmarcado en una mandorla rodeado por los símbolos de los evangelistas. El rosetón muestra en sus vitrales a Cristo juez en el Juicio Final rodeado por los cuatro evangelistas y ángeles. En los círculos externos ángeles trompeteros y escenas de resurrección, Infierno y Paraíso. En los tres ventanales se muestra la Pasión y Resurrección en la izquierda, la Encarnación en la central y a Jesé padre de David en la derecha.
El transepto es ancho aunque sobresale poco de la nave principal. Sus fachadas constan de sendos rosetones, el del lado norte describe la glorificación de la Virgen y el del lado sur la glorificación de Jesucristo. Estos se asientan sobre hileras de cinco ventanas sobre tres pórticos, siguiendo las proporciones de la fachada principal y aumentando el efecto de unidad arquitectónica. En un principio se pensó en abrir en ellas simples aberturas pero al final se dotaron de tres profundos pórticos ricamente esculpidos y de dos torres en cada una que quedaron sin concluir.
El modelo de rosetones está copiado directamente de Laon pero los pórticos triples son exclusivos de Chartres.
En el lado norte de la catedral, el pórtico central muestra la coronación de la Virgen con figuras de profetas y santos. En el friso del dintel se representa a la izquierda la muerte de María yaciendo en una cama y rodeada de los doce apóstoles. A la derecha se narra la resurrección de la Virgen: unos ángeles alzan el cuerpo sin vida de María para reunirlo con su alma. Aunque no hay en los Evangelios narración alguna sobre la resurrección de la Virgen existe una tradición que es frecuentemente representada a partir del inicio del culto mariano en la edad media. El obispo Fulberto era ferviente creyente de esta tradición por lo que el suceso se narra con frecuencia en Chartres. En el parteluz figura una imagen de Santa Ana con la Virgen niña en brazos (en la actualidad dañada y sin cabeza). Esta figura fue añadida probablemente a raíz de la cesión a la catedral de la reliquia de la cabeza de Santa Ana, traída de Constantinopla en 1204, aproximadamente la fecha cuando se inició el pórtico, por lo que se reservó a esta efigie un lugar de honor. Debajo hay una imagen de su marido, San Joaquín contemplando su rebaño de ovejas mientras el arcángel San Gabriel le anuncia el embarazo de Ana. La historia de Santa Ana y San Joaquín es apócrifa pero tuvo gran difusión desde que fue recogida en la Leyenda Dorada por Santiago de la Vorágine. La segunda arquivolta representa figuras que se cree son profetas del Antiguo Testamento, mientras que la tercera y la cuarta muestran los antepasados del linaje de María. La última arquivolta muestra profetas con libros y pergaminos. En los relieves alrededor del arco se narra la creación y caída del hombre. En las jambas hay estatuas que se corresponden con las de los doce apóstoles del lado sur. Muestran profetas del Antiguo Testamento que dan testimonio del compromiso entre Cristo y su iglesia: Melquisedec, Abraham, Moisés, Samuel, David, Isaías Jeremías, Simeón, San Juan Bautista y San Pedro. Las estatuas tienen rostros ovalados y son más realistas que en la entrada oeste.
El pórtico sur es un regalo del conde Pierre Mauclerc, de la familia real. Este pórtico introduce nueva iconografía al estilo de Chartres. El portal central muestra el Juicio Final con esculturas de los apóstoles en las jambas. El el dintel sobre la puerta hay un friso con una visión del Apocalipsis, con el Cielo y el Infierno. Es la primera vez en la iconografía religiosa que se narran el Juicio Final y el Apocalipsis conjuntamente. Hasta entonces ambos temas habían sido tratados siempre de forma independiente pese a estar estrechamente relacionados. Cristo es representado en el tímpano con rasgos amables y humanos en el juicio final, esta figura es conocida como el Beau Dieu. La escena es en general tratada por el escultor de forma que inspira compasión divina, muy diferente a otras representaciones anteriores en las que se intenta resaltar el sufrimiento para inspirar temor a la ira de Dios. Tradicionalmente se hubiesen representado a los cuatro apóstoles tanto en el Juicio Final como en el Apocalipsis pero al unir ambas escenas estos quedaron excluidos de los relieves, por lo que son representados en las jambas del portal en estatuas de mayor tamaño. Esto deja un espacio disponible en los relieves que es ocupado por la Virgen, a la derecha de Cristo, y por el Juan el apóstol que ruega a Cristo por las almas de los juzgados aumentando la sensación de compasión en el conjunto. Ambas figuras son del mismo tamaño que Jesús, lo cual para algunos teólogos de la época daba una imagen demasiado humanizada de Cristo. Esta equiparación de tamaño se cree que puede simbolizar el poder de intercesión de la Virgen y de San Juan, que había sido establecido ya desde los tiempos de la primera iglesia bizantina.
El pórtico izquierdo está dedicado a la Natividad y la Anunciación, tema que es también tratado en la entrada oeste.
El portal derecho se dedica a los trabajos de Job en el tímpano, probablemente en referencia a las dificultades que tuvo que atravesar la Iglesia en el siglo XIII. Las arquivoltas representan a Sansón, Gedeón, Esther y Judith venciendo a los enemigos que simbolizan las amenazas que pesan sobre la Iglesia. Son célebres la figura llamada la Santa Modesta, una imagen femenina con una sonrisa seductora y una figura que representa a un gordo Salomón en el pórtico derecho. Los vitrales son de la misma época que los del lado norte y muestran la Glorificación de Cristo en el rosetón con los evangelistas y ángeles y en el círculo externo los patriarcas del Apocalipsis y las armas de los donantes de la vidriera (no tiene enjutas). En los ventanales muestra a los cuatro evangelistas en la parte superior de cada ventana lateral (Lucas, Mateo, Juan y Marcos de izquierda a derecha) sobre los profetas Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel (en el mismo orden). En la ventana central figura la Virgen con el Niño. El coro, es de cinco naves. El principal problema al que se enfrentó el arquitecto fue la unión armónica con la cabecera ya que la distancia que separa los pilares al rodear el presbiterio debe ser forzosamente menor lo que produce una discontinuidad rítmica. Para ello el maestro optó por emplear ventanas simples, en sustitución de las dobles con rosetón de la nave principal, y reducir a la mitad el intercolumnio. El deseo del cabildo de aprovechar los cimientos románicos complicó el diseño de la cabecera, construyéndose tres capillas profundas sobre las románicas y otras cuatro intercaladas y menos profundas. Al igual que en las fachadas del transepto, en el coro hay dos torres inacabadas, una a cada lado. El coro está separado de la gírola por un muro decorado con un conjunto de cuarenta grupos escultóricos que suman doscientas estatuas realizadas por Jehan de Beauce a comienzos del siglo XVI en estilo renacentista y que narran escenas de la vida de Jesús y de la Virgen.
Uno de los elementos más famosos de la catedral es el laberinto trazado sobre el pavimento que data de 1205. Es un alicatado circular de 13 metros de diámetro situado en el eje de la nave central en el que baldosas blancas y negras forman un estrecho sendero con múltiples circunvoluciones que conducen al centro. Parece ser que en este círculo central existió una placa de bronce o latón con las figuras de Teseo, Ariadna y el Minotauro. Ésta fue retirada y fundida durante la Revolución Francesa para fabricar cañones. En la edad media existían numerosas iglesias con laberintos de este tipo que han ido desapareciendo en épocas posteriores. El sendero del laberinto representaba una peregrinación simbólica que el peregrino debía recorrer a pie o de rodillas hasta la roseta central. Las medidas y trazado de este tipo de laberintos tiene un profundo y complejo simbolismo numerológico y filosófico que tiene su origen al parecer en conocimientos esotéricos con origen en oriente. El laberinto tiene once círculos concéntricos y tiene la particularidad de tener el mismo diámetro que el rosetón oeste y de distar del umbral de la entrada la misma longitud que la altura de este por lo que si la fachada se extendiera sobre el suelo interior el rosetón coincidiría con el laberinto. Este enigmático laberinto ha inspirado el best seller escrito por Titania Hardie El Laberinto de la Rosa.
En 1979 fue declarada, por la UNESCO, "Patrimonio cultural de la Humanidad.

(FUENTE: catedralesgoticas.es)

domingo, 7 de junio de 2009

La toma de la Cruz


El contexto social, político y religioso de la Europa de los siglos XI, XII y primera mitad del XIII no se puede concebir sin las campañas militares que se desplazaron hasta Oriente para recuperar los Santos Lugares de la cristiandad. Una de las más inmediatas consecuencias de estas campañas, conocidas como cruzadas, fue el surgimiento en Jerusalén de las primeras órdenes militares: el Temple y el Hospital de San Juan.
El cambio de milenio trajo consigo la figura de un papa emblemático y reformista, Gregorio VII, quien, ante el creciente poder de la caballería feudal, con la consiguiente pérdida del mismo que suponía para los estamentos eclesiásticos, promulgó sus Dictatus Papae en 1075, mediante los cuales se garantizaba la supremacía del poder pontifical sobre todos los hijos de la Iglesia, tanto clérigos como laico, incluido, claro está, el emperador del Sacro Imperio. Esto supuso un duro enfrentamiento entre el papado y el emperador germánico, que desembocó en la conocido como Querella de las Investiduras.

No obstante, Gregorio VII puso también las bases de lo que después su sucesor, Urbano II, culminaría: el movimiento de transformación de una laica y agresiva clase militar, en unos combatientes al servicio de Dios y de su Iglesia. Ya en 1074, el primero anunciaba la recompensa de la eternidad para los reclutas que marcharan contra el infiel, en una primera apología de la Guerra Santa, justificando el uso de las armas en base a la transformación de una militia diaboli en la santificada militia Dei: la violencia debidamente encauzada en la defensa de Tierra Santa y de otros sitios amenazados por los infieles, no sólo reportaría beneficios espirituales a los combatientes, sino también materiales, al ampliar las fronteras de la cristiandad. Fue Urbano II el encargado de materializar la reformada espiritualidad en un hecho concreto: el llamamiento en 1095, durante el transcurso del Concilio de Clemont, a la primera cruzada; un llamamiento en auxilio de Bizancio y de lo que, desde el siglo IV, había sido las rutas de peregrinación a Tierra Santa, sustentado en la necesidad ineludible de liberar Jerusalén de manos musulmanas.
La convocatoria se extendió por toda Europa y se sustentó con rumores de milagros y prodigios que justificaban la causa de la expedición. Los fieles que se unían a la peregrinación guerrera partían con un fervor religioso sincero, en la esperanza de ser absueltos de sus pecados, sin olvidar la posibilidad de conseguir tierras y privilegios en Oriente. Para la Iglesia, el éxito de esta cruzada suponía la consolidación de su poder terrenal y el prestigio que venía buscando desde la reforma gregoriana.

Urbano II otorgó como emblema de la campaña una cruz que los combatientes debían bordar en sus ropajes, adoptando por ello el nombre de crucesignati. Estos primeros cruzados partieron con una organización anárquica, causando en su camino atroces matanzas de judíos y llegando hasta Constantinopla, donde se les embarcó para cruzar el Bósforo. Nada más desembarcar se encontraron con un bien adiestrado ejército turco que destrozó, sin problemas, esta cruzada popular. Los supervivientes esperaron en la capital bizantina la llegada de los principales nobles europeos, ya bien organizados, los cuales se abrieron paso por tierras de Asia Menor sin grandes problemas. Tras tomar Nicea, Antioquía y Edesa, la primera cruzada, bajo el mando de Raimundo de Tolosa y de Godofredo de Bouillon, entre otros, llegó en 1099 a las murallas de Jerusalén, dando inicio tras rebasar sus puertas a una desenfrenada carnicería contra los habitantes musulmanes, judíos e incluso cristianos. Fueron pocos los musulmanes y judíos jerosolimitanos que lograron escapar con vida. De esta masacre por la fe dejó constancia escrita en sus crónicas unos de los cruzados, Raimundo de Aguilers, capellán del conde de Tolosa:

“Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blanco de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el Templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias. Fue justo y especial castigo de Dios que aquél lugar fuese cubierto con la sangre de los infieles que por tanto tiempo habían acudido allí a blasfemar”

Tras la toma de la ciudad se procedió a la organización política y eclesiástica para preservar los territorios conquistados. Se nombre rey de Jerusalén y defensor del Santo Sepulcro a Godofredo de Bouillon. Un legado pontificio nombró a Arnulfo de Choques patriarca de Jerusalén, con el objetivo de iniciar la latinización del clero y la liturgia de la ciudad. Finalmente, la defensa militar de la misma se sustentó en los que terminaría siendo las primeras órdenes militares, la primera de todas ellas, el Temple, a raíz del primitivo núcleo de los “Pobres Caballeros de Cristo”, y posteriormente la de los hospitalarios.

(FUENTE: J. R. FERNÁNDEZ; “Tomar la cruz”; Memoria, la Historia de cerca; 12; 2008; pp.24-30)

jueves, 4 de junio de 2009

Alcázar de Madrid

El desaparecido Real Alcázar de Madrid estuvo situado en el solar donde actualmente se erige el Palacio Real (popularmente llamado Palacio de Oriente), en la zona este de la ciudad española de Madrid. Construido como fortaleza musulmana en el siglo IX, el edificio fue ampliándose y mejorándose con el paso de los siglos, especialmente a partir del siglo XVI cuando se convirtió en palacio real de acuerdo a la elección de Madrid como capital del Imperio español. Pese a ello, esta gran construcción siguió conservando su primitiva denominación de alcázar.

Esta primitiva fortificación fue levantada por el emir cordobés Muhamad I (852-886), en una fecha indeterminada comprendida entre los años 860 y 880. Era el núcleo central de la ciudadela islámica de Mayrit, un recinto amurallado de aproximadamente cuatro hectáreas, integrado, además de por el castillo, por una mezquita y por la casa del gobernador o emir.
Su enclave, en un terreno escarpado, coincidente con el emplazamiento del actual Palacio Real, reunía un gran valor estratégico, dado que permitía la vigilancia del camino fluvial del Manzanares. Éste resultaba clave en la defensa de Toledo, ante las frecuentes incursiones de los reinos cristianos en tierras de Al-Ándalus.
Es probable que el castillo fuera fruto de la evolución, en ese mismo lugar, de diferentes construcciones militares anteriores: primeramente, una atalaya de observación y, con posterioridad, quizá un pequeño fortín.

La dinastía de los Trastámara convirtió el edificio en su residencia temporal, de tal modo que, a finales del siglo XV, el Alcázar de Madrid era ya una de las principales fortalezas de Castilla y la villa madrileña sede habitual en la convocatoria de las Cortes del Reino. En consonancia con su nueva función, el castillo incorporó en su topónimo el apelativo de real, indicativo de su uso exclusivo por la monarquía castellana.

Enrique III promovió el levantamiento de diferentes torres, que cambiaron el aspecto del edificio, otorgándole un aire más palaciego. Su hijo, Juan II, construyó la Capilla Real y añadió una nueva dependencia, conocida como la Sala Rica, por su decoración suntuosa. Estos dos nuevos elementos, levantados junto a la fachada oriental, supusieron ampliar la superficie del primitivo castillo aproximadamente en un 20% más.
Enrique IV fue uno de los reyes que más frecuentaron el lugar. Residió en el Alcázar durante largas temporadas y en él nació el 28 de febrero de 1462 Juana la Beltraneja, una de sus hijas.

En 1476, los seguidores de Juana la Beltraneja fueron sitiados en el edificio, en el contexto de las disputas por el control del trono de Castilla con Isabel la Católica. El recinto acusó daños de consideración durante este cerco.

A pesar de los esfuerzos realizados por dotar al edificio de una traza armoniosa, las modificaciones, ampliaciones y reformas realizadas a lo largo de los siglos no llegaron a darle un aspecto homogéneo. Los visitantes franceses e italianos criticaban que las fachadas eran irregulares y que la distribución interior era laberíntica. Muchos de los salones privados eran oscuros y no tenían ventanas, lo que se explica por el clima caluroso de Madrid y porque escaseaba el vidrio.
La primera asimetría provenía de su fachada occidental, que, al estar situada al borde del barranco configurado por la hondonada del valle del Manzanares, resultaba la menos visible desde el casco urbano de Madrid. Pero, al mismo tiempo, era la primera que veían los viajeros que llegaban a la ciudad desde el Puente de Segovia.

Esta fachada fue la que experimentó el menor número de remodelaciones y, en consecuencia, la que más denotaba el origen medieval del edificio. Era íntegramente de piedra, con cuatro cubos o torres semicirculares, si bien es cierto que se habían practicado ventanas más grandes y numerosas que las dispuestas en la fortaleza primitiva. Los cuatro cubos fueron rematados con chapiteles cónicos de pizarra, semejantes a los del Alcázar de Segovia, lo que suavizó el aire militar del conjunto.
Las restantes fachadas estaban construidas en ladrillo rojo y granito, lo que daba al edificio una coloración muy característica de la arquitectura tradicional de Madrid, en la que se emplean estos dos materiales tan abundantes en el área de influencia de la ciudad (la arcilla era frecuente en la ribera del río Manzanares y la piedra de granito en la cercana Sierra de Guadarrama).

(FUENTE: wikipedia.org)

Castillos de España

España es el mejor país para los amantes de los castillos, pues el número de los conservados y su variedad artística, histórica y cronológica es enorme.La definición para los castillos no es fácil, aunque para que un edificio se considere "castillo" normalmente debe tener:Recinto más o menos rectangular o que se adapte al terreno, una torre habitable y un patio de armas alrededor del cual se disponen diferentes dependencias.

Esto es aplicable a los castillos cristianos ya que en los musulmanes se prescinde de la torre del homenaje y en el caso de los alcazabas se convierten en verdaderas ciudadelas con multitud de torres y dependencias intercomunicadas.El castillo es un edificio que responde a la necesidad de defensa en una época marcada por las guerras, las conquistas y las razzias de castigo y pillaje. Por ello comenzaron teniendo un uso práctico y su arquitectura no aspiró a realizar algo bello sino funcional. Con el tiempo, el castillo medieval se convirtió en palacio y con ello apareció el gusto estético.
Los elementos de la arquitectura de los castillos obedecen plenamente a las condiciones necesarias para rechazar ataques:
Ubicación en alto. Los castillos medievales aunque podían ubicarse en diferentes lugares (roqueros, montanos, o en llano) preferían especialmente asentarse sobre un alto montículo o roca para evitar una de las formas de ataque del enemigo, el de construir túneles o minas bajo el muro para que su posterior hundimiento crease grietas en los muros. También encaramándose en altura se dificultaba el uso de bastidas o torres de madera móviles usadas por el invasor para saltar al adarve.
Foso y barrera. En caso de no asentarse en alto, solía disponerse de un foso para alejar lo máximo al enemigo. Este foso era completado con cardos de hierro, estacas o cepos para impedir el aso de los caballos. Luego se construía una barrera exterior.Espesor y altura de los muros. También es lógico que sus muros fueran de gran anchura y consistencia para resistir la percusión de arietes, gatas y los proyectiles lanzados con catapultas. Los muros, además de anchos, eran de gran altura para dificultar el asalto con escalas.
El material usado fue diverso: sillería, mampostería, calicanto, tapial, ladrillo...
Almenas y matacanes. Los muros de la mayoría de las dependencias estaban rematados por almenas. Otro elemento de defensa de los muros eran los balcones amatacanados o espacios salientes del muro, desde los que se tenía una situación alta y privilegiada sobre el enemigo que se agolpa cerca de los muros.
Puertas protegidas. Uno de los elementos arquitectónicos de los castillos más sofisticados eran las puertas. Para su defensa se usaron múltiples sistemas combinados: Construir matacanes o garitones sobre la misma, crear saeteras orientadas, situarlas bajo la torre del homenaje, forrar la madera con hierro para evitar su incendio, situarla diametralmente opuesta a la de la barrera, utilizar trancas en disposición horizontal para evitar su rotura, acodarla en ángulo recto o situar un antemuro o barbacana
Torre del Homenaje. Si bien el castillo ha ofrecido múltiples resistencias escalonadas al invasor, el sistema defensivo de su arquitectura no acaba con la entrada al patio de armas. La conquista definitiva terminaba con la toma de la gran torre del. Para evitarlo, los constructores de castillos recurrían a diversos ingenios, como establecer la entrada desde pisos altos de la muralla y con dificultades de acceso (puente levadizo), la construcción de muro perimetral o camisa, la construcción, de nuevo, de matacanes y cadahalsos de madera para albergar soldados, etc.
Aljibes. Para poder disponer de agua en tiempos de asedio se excavada un depósito en el suelo para aprovechar el agua de lluvia. Este aljibe solía ser abovedado y estaba recubierto de pintura antifiltración llamada almagra.

La singular circunstancia histórica que vive España durante la Edad Media determina un panorama distinto al de otras partes de Europa. En España, desde comienzos del siglo VIII a finales del XV se produce un larguísimo periodo de intermitencias bélicas, no sólo entre cristianos y musulmanes, sino entre los propios reinos y taifas de unos y otros.Ello determina la construcción de un innumerable conjunto de fortalezas de tipo militar, de carácter muy funcional, incluso podríamos definirlas como agrestes.Los castillos construidos en España son más bien pequeños (aunque hay excepciones de grandes dimensiones) con torres almenadas pero raramente rematadas en chapiteles, de material diverso visto (mampostería, sillería o ladrillo), es decir sin enfoscar. También puede tener foso alrededor seco.Este modelo de castillo español se aleja mucho del castillo palaciego centroeuropeo, con multitud de ventanas, jardines, capilla, patio palaciego y foso con agua.
Otra característica diferenciadora de los castillos españoles es que, aunque también hay algunos que han permanecido habitados permanentemente desde su construcción, en general fueron abandonados a medida que sus originales usos defensivos fueron superados por la tecnología armamentística.Ello hace que todavía perduren en España una buena colección de ruinas y castillos en aceptable estado que conservan casi por completo su estructura medieval pura.
En este sentido es destacable la enorme colección de castillos milenarios (anteriores al año 1000) conservados en España de época hispanomusulmana.
Otra característica peculiar de de los castillos de España frente a los del resto de Europa es la de su propiedad. Si en la Europa feudal el castillo es propiedad de un noble que lo presta a sus vasallos en caso de agresión a cambio de un impuesto (creando verdaderos miniestados autónomos sin control directo del monarca) en España empiezan siendo propiedad real ya que son botín de guerra y cedido su gobierno a alcaides o tenentes. En los siglos XII y XIII en el territorio comprendido entre el Tajo y Sierra Morena la monarquía va a ceder tierras y castillos las órdenes militares para la protección de un territorio amenazado por la cercanía de Al-Andalus.
Entre los siglos XIV y XV los reyes ceden castillos a familias nobiliarias como los Lara, Velasco, Pacheco, Mendoza, etc. que reformarán castillos o construirán otros nuevos como palacios residenciales. Por último, a partir del reinado de los Reyes Católicos y la concentración de su poder, multitud de castillos son destruidos coincidiendo con el final de las insurrecciones nobiliarias.

Denominaciones específicas de los Castillos en España (cristianos y musulmanes):
Alcalá. Proviene de "qalca". Es cualquier castillejo musulmán corriente
Alcázar. Del árabe "al-qasr". es un gran palacio fortificado, es decir con habitaciones residenciales. El diminutivo "al-qusayr" da en castellano otro nombre muy presente en la toponimia española: alcocer.
Alcazaba. Del árabe "al-qasaba". Expresa a una verdadera ciudadela fortificada con viviendas civiles, mezquitas, etc.
Burch. Torre árabe de grandes dimensiones y habitable, de planta cuadrada.
Atalaya. Del árabe "tala'la". Torre árabe circular de pequeñas dimensiones ubicada en alto para vigilancia y comunicación con otras atalayas o poblaciones.
Torre. Del latín "turris". Hace referencia una edificación cristiana por elevación, con habitaciones superpuestas
Castillo torrejón. Castillo cristiano con torre del homenaje de grandes dimensiones con garitones esquineros.

La situación del siglo VII con la invasión musulmana supuso un inicial proceso de defensa por parte de hispanovisigodos que emigraron a las montañas asturianas. Con su paulatina reconquista de tierras meridionales y las consiguientes incursiones árabes, hubo que iniciar la construcción de defensas.
Castilla nació con un sistema de múltiples fortificaciones muy difíciles de describir por lo remoto de la época y los escasos restos conservados, pero debieron ser muy sencillas y pobres, aprovechando al máximo la orografía escarpada de la zona.

Castillos emirales y califales: Los castillos y fortalezas hispaomusulmanas de época emiral y califal toman como modelos los campamentos grecolatinos. Tienden a ser sencillos, de forma rectangular o cuadrada, salvo cuando se adaptan al terreno, con cubos de planta rectangular realizado con sillería a soga y tizón. No tienen torre de homenaje.
Castillos Taifas: Tras la desaparición del califato a principios del siglo XI la España musulmana se enfrenta a una fragmentación en pequeños reinos independientes, con gran gusto por el lujo y la cultura, pero con un poder político y militar muy limitado. De esta época se conservan restos de palacios fortificados o alcázares, pertenecientes a los monarcas de los pequeños reinos musulmanes.

Durante el periodo que se construye en estilo llamado románico en España (finales del siglo XI a comienzos del XIII) el proceso de reconquista cristiana ha rebasado la ya antigua "Frontera del Duero" y se avanza hacia el sur en dos etapas. La primera hasta Toledo creando una barrera en la retaguardia, al norte del Sistema Central en poblaciones como Salamanca, Ávila, Segovia o Sepúlveda. La segunda etapa, al final del periodo románico, la frontera se traslada a Sierra Morena.Este momento es especialmente interesante pues en la actual Castilla La Mancha se levantan diversos castillos por las órdenes militares como el de Consuegra en Toledo (1183) y Calatrava la Nueva de Ciudad Real (1218).

Castillos palaciegos góticos: Pertenecen al siglo XIV y sobre todo al XV y comienzos del XVI. Son los mejor conservados y más bellos pues suelen ser de nueva planta, con gran simetría y gusto por lo estético. Suelen estar en poblaciones o en laderas poco pronunciadas, tienen capilla y el patio de armas se a convertido en patio señorial porticado.
A diferencia de los castillos militares de épocas anteriores, presentan múltiples ventanas y la decoración hace presencia en diferentes lugares, por ejemplo, mediante escudos nobiliarios o mediante diversos relieves en sus muros.
En Castilla estos castillos suelen tener planta cuadrada o rectangular con cubos en las esquinas y una gran torre del homenaje. También hay matacanes sobre ménsulas. Se emplea la sillería en algunos de estilo mudéjar, el ladrillo, como los castillos de Coca, Medina del Campo, Arévalo etc.

Los castillos gallegos de la época, los famoso pazos, apenas conservan estructura militar siendo auténticas casas de recreo.

(FUENTE: arteguias.com)

lunes, 25 de mayo de 2009

Hashsashin

Dice la leyenda que durante el asedio de Alepo, en la primavera de 1176, el gran caudillo musulmán Saladino estuvo a punto de perder la vida a manos de un silencioso asesino que se infiltró en su tienda para dejarle una advertencia Se trata de uno de los episodios más conocidos de la trayectoria histórica de la misteriosa secta de los asesinos, una clandestina institución medieval que influyó notablemente en el panorama político del mundo musulmán, mediante el ejercicio de una violencia política inusitada en la época: la eliminación selectiva de poderosos personajes que eran considerados enemigos para los miembros de este extraño grupo. La existencia de estos guerreros de la sombra, mortíferos espías que no dudaban en dar su vida para llevarse consigo la de su objetivo, está envuelta en el mito, por un aparte a causa del propio impacto que tuvieron dentro de la historia del Islam, y por otra gracias a los testimonio exóticos y poco rigurosos de los europeos que llevaron a Occidente los ecos de esta secta. Pero, ¿Quiénes eran realmente estos asesinos y cómo actuaban?

Su origen hay que buscarlo en las disensiones internas del mundo musulmán, que en torno al año 765 iba a presenciar el surgimiento dentro del chiísmo de una rama minoritaria y de fuerte carácter místico: el islailismo. El hecho de que esta corriente surgiera dentro de un grupo ya minoritario del Islam, sumado a su profundidad ideológica y su marcado carácter esotérico, facilitaron que se mantuviese como un reducto poco conocido, pero fieramente perseguido desde el califato de Bagdad. Con el paso del tiempo, los ismailíes, que habían mantenido sus cultos en secreto, llegarían a ocupar una posición poderosa en Egipto, con la ascensión de la dinastía fatimi. Pero a finales del siglo XI, y bajo el liderazgo de un carismático personaje conocido como Hassan al- Sabah, “el Viejo de la Montaña”, una rama de esta corriente extremista del chiísmo residente en Irán se separó de sus hermanos egipcios, defendiendo una interpretación aún más críptica y misteriosa del Corán de la que proponía su tronco de origen, y propugnando un ascetismo extremo. Los nizaríes, como se les llamó, consiguieron afianzarse en un aplaza fuerte llamada Alamut, una fortaleza situada en un recóndito valle del norte de Irán, cercana a las orillas del Mar Caspio. El hecho es que las luchas de poder entre el gobernador de esta fortaleza y el propio Hassan al-Sabah habrían desembocado en la caída del primero y la ascensión del carismático predicador, el cual obtuvo mediante este golpe de efecto un centro de operaciones desde el que dominar a sus seguidores, en principio radicados solamente en la zona de Irán.

Aquí comienza, propiamente dicha, la historia de la secta que en poco tiempo organizó un poderoso y complicado entramado de seguidores repartido por todo el mundo islámico. Aunque las leyendas que rodearon su actividad sostuvieron y sostienen que su único centro era el cuartel general de Alamut, desde donde el Viejo de la Montaña regía las operaciones de sus homicidas políticos, lo cierto es que los nizaríes contaban con numerosos castillos, estratégicamente situados en puntos extremadamente propicios para ser defendidos, que salpicaban la geografía siria e irania. También mantenían grupúsculos en las ciudades más importantes de Oriente Próximo y el arco mediterráneo, lo que les daba una capacidad de movimiento muy amplia. Cada comunidad estaba regida por un shayj que recibía órdenes de un jefe superior con el que jamás se veía, de modo que si cualquier estructura menor era destruida o desaparecía, el funcionamiento de la organización no se resentía. En última instancia, todas las redes confluían en Alamut. Esta potente estructura y la gran operativa que aseguraba les permitió llevar a cabo asesinatos con un importante peso político, como el del califa fatimí al-Mutansir o el califa abatida al-Mutarshid, en cuya rama sembraron la muerte al asesinar a su hijo y otros familiares cercanos. Los asesinatos se llevaban a cabo a plena luz del día, pues al parecer una de las pretensiones de la secta era precisamente la notoriedad de sus actos y daban a estas eliminaciones un carácter ejemplarizante, que sancionaban con el sentido sagrado y místico de sus obras. Todo esto sirvió para alimentar la leyenda entre los propios musulmanes, la mayoría de los cuales desconocían los entresijos de esta corriente extremista de su religión, y por ello, tras la muerte de Hassan al-Sabah, que podemos situar dudosamente a finales del siglo XI y principios del XII, se siguió hablando del Viejo de la Montaña, que de este modo se tornó en una figura misteriosa y eterna. Nadie conocía la identidad de este personaje, que eternamente se encontraba detrás de los crímenes políticos de mayor alcance. No obstante, aunque el éxito de las acciones nizaríes fue en ocasiones muy alto, y a pesar de que tanto los selyúcidas como el propio Saladito llevaron a cabo campañas bélicas contra sus posiciones sin ningún fruto, lo cierto es que también fueron muchos los casos de fracasos que acababan con la muerte del asesino sin que hubiera logrado su cometido.

La secta, que se autodenominaba como “la nueva doctrina”, continuó ejerciendo presión política con sus medios habituales de forma intermitente tras la muerte de su primer y más representativo líder. Sin embargo, entró en una grave crisis tras el gobierno del cuarto de sus líderes, Hassan II, quien se aparó de forma tan notoria de la ortodoxia de la fe musulmana que fue asesinado por uno de sus propios seguidores, en un acontecimiento que demostraba la desunión interna de los nizaríes y el hecho de que habían perdido el rumbo de forma definitiva.

Resulta paradójico que conozcamos en la actualidad a este grupo como la secta de los Asesinos, ya que la propia palabra “asesino” proviene del nombre despectivo con que sus enemigos llamaban a los seguidores de Hassan al-Sabah. Este apelativo era el de Hashashin, que significa literalmente “consumidores de hachís” y se debe a los numerosos rumores que circulaban a cerca de ellos. Se decía que Alamut era una lujosa fortaleza llena de inquietantes secretos, a la que solamente los iniciados podían acceder ya que estaba oculta en un sinuoso valle. Se suponía que para acceder a ella había que cruzar una cascada y un pasaje que ascendía hasta una montaña, donde se situaba finalmente el recinto fortificado de estos intrigantes guerreros. Otra de las historias más conocidas, que ha llegado incluso a nuestros días, sostenía que en lo más profundo del castillo, el Viejo de la Montaña tenía un patio o jardín repleto de víveres y animales, y donde residían hermosas mujeres; jardín que utilizaba para engañar a sus adeptos, a quienes drogaba con hachís y enseñaba el lugar, diciéndoles que era la entrada al paraíso y que para ganar un puesto en aquel onírico espacio debían obedecer sus ordenes. Por supuesto, solamente se trata de leyendas, y no se ha podido comprobar que los miembros de esta organización utilizasen el hachís para ningún fin concreto. Algunos expertos sostienen que podría tratarse de un mito tejido alrededor de una auténtica doctrina de entrenamiento espiritual y físico muy fuerte, en la que la ascesis fuera indispensable, y en cuyos métodos podrían tener cabida ciertos narcóticos como el hachís. Pero no hace falta señalar que los naziríes formaban una rama extremadamente fundamentalista y fanática del Islam puesto que, de hecho, la mayoría de las fuentes sunnitas e incluso chiitas no los consideraban en muchos casos ni siquiera como musulmanes, y que en tales circunstancias no es necesario más que un mensaje cuidadosamente dirigido para alentar a actos como el asesinato político o la inmolación. Sea como fuere, la prueba de que las acciones de esta secta de Asesinos se servían más de su fama y del terror que suscitaban que de su propio poder, está en el drástico final de su historia. Presionados por los mogoles, que arrasaban el territorio en oleadas sucesivas desde el Lejano Oriente, fueron víctimas de su propia debilidad. Hulegu Khan, nieto del mítico Genghis Khan y hermano del gran gobernador mongol Kublai Khan, entró en el territorio dominado por los nizaríes y destruyó Alamut en 1256. La caída de la fortaleza principal precipitó la desarticulación de todo el resto de la secta, cuyas células se interconectaban de forma piramidal. Progresivamente fueron eliminados de lo que se había convertido en el Janato de Persia y más tarde también derrotados en Siria por los mamelucos, la dinastía que había ascendido desde Egipto gracias a la destrucción sembrada por los mongoles en Bagdad y Damasco. De esta forma desaparecieron los Asesinos que habían aterrorizado a Oriente y que pasaron a ser un eco legendario en la profundidad de la Historia.

(FUENTE: A. LÓPEZ, “Hashsashín”, Memoria, la Historia de cerca, 15, 2008, pp.82-86)

miércoles, 20 de mayo de 2009

Batalla de las Navas de Tolosa

El 16 de Julio de 1212 tendría lugar en las cercanías de la localidad jienense de Navas de Tolosa la batalla decisiva que permitiría extender los reinos cristianos hacia el sur de la Península Ibérica, dominada entonces por los musulmanes.
Tras la Batalla de Alarcos en 1195, que supuso la derrota del rey castellano Alfonso VIII, el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximenez de Rada, y el papa Inocencio III, organizan en España una cruzada contra los almohades musulmanes ya que esta derrota había llevado la frontera musulmana hasta los Montes de Toledo, amenazando a la misma ciudad de Toledo y el valle del Tajo.

Una vez que Alfonso VIII realiza una serie de alianzas con los diferentes reinos de la Península con la colaboración del Papa y tras la noticia de una nueva ofensiva de las tropas almohades, se decide preparar un gran encuentro con las tropas almohades, dirigidas por el propio califa Muhammad An-Nasir.

Tanto los beligerantes cristianos como los musulmanes tenían un ejército variado, formado por miembros de varios países que habían acudido a la llamada de la Cruzada (en la parte cristiana) o a la de la Guerra Santa (en la parte musulmana).
Las fuerzas cristiana estaban formadas por las tropas del rey Alfonso VIII, que era el coordinador, junto con las de veinte Concejos Castellanos (Medina del Campo, Madrid, Soria, Palencia, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gomaz entre otras), las cuales rondaban en total los 50.000 hombres y cuyo abanderado era Diego López II de Haro, quinto señor de Vizcaya.
También se incluían las tropas del rey Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal, que sumaban otros 20.000 hombres. Asimismo, en el bando cristiano luchaban los caballeros militares de las órdenes de Santiago, Calatrava, el Temple y San Juan. Junto con ellos, se encontraban unos 30.000 cruzados provenientes, en su mayoría, de Francia y que habían acudido a la llamada de Inocencio III.
El rey Alfonso IX de León no tomó parte en la contienda al encontrarse enemistado con el rey castellano, pero sí lo hicieron varios caballeros leoneses.

Las fuerzas musulmanas estaban formadas por unos 120.000 combatientes, entre los que se encontraban la infantería ligera marroquí, reclutada en el Alto Atlas; los infantes voluntarios de Al-Ándalus; el propio ejército almohade, con su potente caballería africana; tras esta caballería se encontraban los arqueros a caballo turcos; al final, formando un apretado círculo en torno al califa, se encontraban los imesebelen, soldados-esclavos procedentes de Senegal, los cuales estaban encadenados con gruesas cadenas de oro y estacas, de tal forma, que no les quedaba otra alternativa que luchar o morir (estas cadenas son las que incorporaría Sancho VII al escudo de Navarra).

El ejército cristiano se reunió en Toledo a principios del verano de 1212 y avanzó hacia el sur. Tras la toma de Malagón, se produjo la deserción de la mayoría de los cruzados francos, en parte por las incomodidades y el calor, pero en parte también por no estar de acuerdo con la política seguida por Alfonso VIII, ya que este había ordenado un trato humanitario hacia los musulmanes en caso de victoria después de los asesinatos y los malos tratos infringidos a la población musulmana tras la toma de Malagón y de los incidentes y los crímenes cometidos por dichas tropas francas en la judería de Toledo.

Los cristianos se fueron aproximando a la llanura de Navas de Tolosa, ya que pensaban sorprender al enemigo y llevar a cabo una batalla campal, la cual les propiciaba aunque sus tropas fueran menores. Pero el califa cortó el acceso al valle, dejando a los cristianos rodeados de montañas y, por consiguiente, con menor libertad de movimiento. No obstante (según la tradición, gracias a un pastor que les indica la senda), consiguen aproximarse al enemigo hacia el oeste a través de un paso llamado Puerto del Rey y, ya en terreno llano, marchar contra el enemigo.

Después de dos días de pequeñas escaramuzas, el 16 de Julio, cansados de esperar y temiendo las deserciones, atacan a las tropas almohades.
Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas, los almohades, que doblaban ampliamente el número de éstos, realizan la táctica de simular una retirada inicial para contraatacar luego con el grueso de sus fuerzas de élite en el centro.
Al verse rodeado por el enorme ejército almohade, acude la segunda línea de combate cristiana, pero no es suficiente y las tropas de López de Haro comienzan a retirarse, pues las bajas son muy elevadas, no así el propio capitán que, junto a su hijo, se mantiene en combate cerrado junto a Núñez de Lara y las Órdenes Militares.
Al notar el retroceso de muchos de los villanos cristianos, los reyes al frente de sus caballeros e infantes, inician una carga crítica con la última línea del ejército. Este acto, infunde nuevos bríos en el resto de las tropas y es decisivo para el resultado de la contienda ya que los flancos de la milicia cargan contra los flancos del ejército almohade mientras que los reyes marchan en una carga imparable. Sancho VII se dirige directamente hacia Al-Nasir y, junto con sus 200 caballeros navarros, atraviesan la última defensa: los imesebelen.

El hacinamiento de atacantes y defensores dentro del círculo del califa fue decisivo. No existía ninguna forma de detener una carga de caballería pesada y, los arqueros musulmanes, los más temibles enemigos de los caballeros, no podían actuar debidamente cogidos en mitad del tumulto. El ejército de Al-Nasir se desintegró, buscando cada cual su propia salvación en la huida, incluido el propio califa.

Como consecuencia de esta batalla, el poder musulmán en la Península Ibérica comenzó su declive definitivo y la Reconquista tomó un nuevo impulso que produjo, en los siguientes cuarenta años, un avance significativo de los reinos cristianos.

(FUENTE: wikipedia.org)

lunes, 18 de mayo de 2009

Los agotes

Agote es la denominación que ha recibido cierto conjunto de pobladores de las áreas apartadas de los valles de Baztán y Roncal en Navarra. Se conoce su existencia a partir del medievo. Según algunas fuentes, se les considera gentes de ascendencia goda que después de la invasión musulmana y franca quedaron aisladas en los Pirineos sin nulo o escaso contacto con otras gentes. Otros autores consideran a los agotes como comunidades cátaras huidas de Francia y que se escondieron en los Pirineos para escapar del rey de Francia y del Papa por su disidencia religiosa, lo que motivó un odio profundo hacia estas comunidades. Esta tesis no es muy acertada ya que la cruzada cátara comienza a principios del siglo XIII y la presencia de agotes ya existía con anterioridad. Investigaciones mas recientes apuntan a que se trataría de una serie de delincuentes fugitivos de leproserías galas que se habrían refugiado en los Pirineos para escapar de la justicia. Muchos han supuesto que la etimología de la palabra agote deriva de gótico o godo (en el País Vasco Francés eran llamados cagots, quizá del occitano ca got, «perro godo»). Menos probable es que la etimología se remonte a los bagaudas.

Acusados durante siglos de mantener prácticas religiosas ostensiblemente paganas fueron segregados y tratados como «raza inferior» y «herética» impidiéndoseles contraer matrimonio con gentes de otras poblaciones (lo cual les forzó a una cierta endogamia, hecho que reforzó el rechazo hacia ellos). Los agotes sufrieron discriminaciones que les obligaban el vestir un ropaje para ser identificados como tales, frecuentemente debían portar en sus prendas un signo rojo similar a la huella de pie de gato o de pata de oca, signo semejante al que estaban forzados los llamados «gafos», ya que los agotes eran asimismo discriminados con el prejuicio que les creía «portadores de enfermedades». Se les acusaba particularmente de contagiar la lepra y en muchos lugares estaban obligados a hacer sonar una campanilla a su paso para que los no agotes pudieran apartarse a tiempo. La leyenda les atribuía rasgos físicos distintivos, como no tener lóbulo en la oreja, idea que tomó fuerza incluso después de que desapareciera la marginación, cuando cundió la idea de que eran de origen étnico diferente a la población autóctona de los valles.

Los agotes no podían mezclarse en ningún caso con los no agotes. En las iglesias navarras solían tener su propio espacio para oír misa, al fondo a la izquierda, bajo el coro, y con frecuencia tenían una entrada propia. También tenían su propia pila bautismal. Una barrera, generalmente una raya en el suelo (en Arizkun era una verja) les impedía acceder a la parte delantera del templo, cerca del altar. Incluso sus ofrendas eran recogidas y puestas aparte de las del resto de los fieles. No podían cultivar la tierra, ni criar ganado, no podían andar descalzos bajo pena de abrasarles las plantas de los pies con un hierro candente, ya que se decía que todo lo que tocaban se contaminaba (de ahí que fuera relativamente corriente que los agotes cojearan). No podían acudir a bailes y fiestas.

Sin embargo también hay testimonios a su favor, se decía que tenían alma de músicos, eran los txistularis, tamborileros y bertsolaris de las tierras navarras y destacaron como poetas. Como todo lo que tocaban lo contaminaban ejercían los oficios de carpintero, sepultureros, canteros ya que entonces se creían que estos materiales no transmitían la enfermedad. Si bien estos oficios los pudieron realizar conforme el paso del tiempo. Algunos autores suponen que los agotes al realizar trabajos manuales de carpintería y cantería serian los constructores de muchas iglesias y fortalezas regidas por los templarios, ya que según estos al ser un pueblo maldito y excluido los agotes no hablaban y los conocimientos iniciáticos pasaban de padres a hijos en el mayor secreto. La orden del Temple fue la única orden que tenía una cierta relación con los agotes.

Un documento que ha llegado hasta nosotros es una Bula pontificia fechada el 13 de mayo de 1515, en la que se recomienda al Chantre de la catedral de Pamplona el examen de la petición que los agotes elevaron al Papa para que se les tratase como al resto de los fieles. La sentencia eclesiástica en su favor no surtió demasiado efecto en la práctica, como tampoco lo hicieron sendos decretos dictados en 1534 y 1548 por las Cortes de Navarra a favor de este grupo marginado. En 1673, Pedro de Ursúa (defensor de los agotes) escribió un alegato a favor de alguno de ellos para que se les reconociera como originarios de Baztán. El 27 de diciembre de 1817 se promulgó una ley por la que se suprimían todas las discriminaciones que existían, y se aprobaba la igualdad de derechos con sus vecinos de Arizkun, Baztan y Navarra. Ese año las Cortes de Navarra abrogaron las medievales leyes discriminatorias y luego se intentó la deportación de los agotes desde sus valles hacia una población cercana a Madrid que se llamaría Nuevo Baztán, si bien la mayoría de los agotes o permaneció en sus tierras ancestrales o regresó a las mismas. La discriminación así como la conciencia de la existencia de los agotes se fue diluyendo a lo largo del tiempo. El último sitio donde se mantuvo cierto grado de prejuicio hasta bien entrado el siglo XX, según los testimonios de los pobladores, fue la localidad navarra de Arizkun, en la que existe un barrio llamado Bozate que, originariamente, era el gueto reservado a los agotes. Era tal el desprecio y sometimiento que tenían que soportar ante las leyes medievales de la época que se les aisló completamente de la sociedad.

(FUENTES: wilipedia.org; jdiezarnal.com).

jueves, 14 de mayo de 2009

La sinagoga del Tránsito


La del Tránsito, actual Museo Sefardí, fue una de las diez sinagogas conocidas de la ciudad de Toledo y la mejor conservada del pasado hebreo peninsular. Originariamente denominada sinagoga de Samuel ha Leví, ha llegado a nosotros con su actual nombre debido a que, en el paso del siglo XVI al XVII, se usó como iglesia bajo esta advocación, y albergó un cuadro del pinto Correa de Vivar representando el Tránsito de Nuestra Señora. Aunque el edificio se concibió como lugar de culto judío- la aljama toledana la llegaron a formar unas cuatro mil personas-, su fábrica es una conjunción perfecta del mudéjar toledano, sintetizando el arte de las tres culturas, como muestra especialmente en las exuberantes yeserías que recubren sus muros. En ellas, la ornamentación une a los motivos geométricos y vegetales, de tradición hispano-musulmana, la flora gótica y las obligadas cintas epigráficas hebreas.

Su construcción se debe al monarca Pedro I el Cruel y al personaje que le dio nombre, Samuel ha Leví, tesorero y consejero del primero que murió en 1360 tras ser acusad o de fraude ala Hacienda Real, por lo que su erección debió tener lugar hacia 1357. Aunque los judío habían sido defendidos y protegidos a menudo-recordemos la Carta intechristianos et judaeos promulgada por el conquistador de Toledo Alfonso VI- éstos se convertían con frecuencia en chivo expiatorio de la población ante cualquier situación crítica. En uno de estos arrebatos antijudíos, acaecidos en 1355, la judería fue arrasada por los partidarios de Enrique de Tratámara, motivo por el que su rival, Pedro I el Cruel, permitió que “... en aquella ciudad pudiesen fabricar de nuevo una sinagoga mayor, la cual sin licencia no podían hacer, porque solamente les era permitido reparar y sustentar las antiguas”. De este modo fue levantada la nueva sinagoga, en cuya fachada una placa testimoniaba el agradecimiento al rey con estas palabras “El gran monarca, nuestro señor y nuestro dueño el rey don Pedro. ¡Sea Dios en su ayuda y acreciente su fuerza y su gloria y guárdela cual pastor su rebaño!”

En el edificio, a pesar de haber sido modificado en su aspecto interior, pero sobre todo en el exterior, destaca una gran sala rectangular concebida de modo similar al salón del trono de los reyes cristianos. Se trata de la sala de la oración, a la que se accedía por un zaguán que se comunicaba a su vez con el exterior y con varias habitaciones, hoy unidas en su función museística, que tuvieron un primigenio uso como yasibah o escuela religiosa. En esta zona, las excavaciones han descubierto una estructura abovedada que bien pudo usarse como guerniza, lugar destinado al almacenamiento de los libros sagrados en desuso.

En cuanto a la imponente sala rectangular, la parte más destacada del edificio, no es sino un poderoso armazón que sustenta una riquísima decoración de yeserías, madera tallada y policromada, y cerámica vidriada. Aunque acerca de este último elemento hemos de hablar en pasado, ya que la cerámica que formaba un zócalo, ha desaparecido por completo excepto en el solado, bajo lo que fue el altar de la iglesia que sustituyó a la sinagoga.
Por su parte, la madera que cubre el techo de la estancia sustentando la cubierta y también algunos vanos, pese haber perdido parte de la policromía, ostenta una riqueza decorativa abrumadora, conservando motivos de origen taifa que perduraron durante siglos en la decoración toledana.
Pero donde la riqueza y abundancia de motivos decorativos se extrema es en las yeserías, que reproducen en los muros tallos, hojas, flores, escudos, motivos geométricos y otros, que alcanzan su máxima expresión en la pared este. Ello es debido a que es el lugar más destacado de la sala, ya que tras sus arquillos polilobulados se encontraba el hejal o arón acodes, zona en la que se hallaban los rollos sagrados, la Torá. Son destacables igualmente las cintas epigráficas con abundantes textos religiosos, así como los de agradecimiento a los personajes que de un modo u otro hicieron posible la sinagoga, como es el caso de Leví o de Pedro I. Los textos de carácter sagrado son en su mayoría salmos o cantos de alabanza de los israelitas al pasar el mar Rojo, y se encuentran en la tribuna de mujeres.
Esta tribuna, o matroneum, está situada en la parte superior del lado meridional de la estancia, donde también destacan los arcos y las yeserías. Desde ella, las mujeres seguían los cultos a través de cinco grandes ventanales con celosías, accediendo desde el exterior por una escalera que en la actualidad está cegada. En los arcos lobulados, que r4ecorren toda la parte alta, se ha querido ver una característica de la arquitectura toledana que habría perdurado hasta alcanzar su máxima expresión en el triforio de la seo de la ciudad del Tajo.

Tras su uso como sinagoga devino en iglesia, primero bajo la advocación de San Benito, lo que ha dejado su huella en yeserías que reproducen la cruz de Calatrava o los escudos de los Manrique, los Lara y otros nombres de la nobleza castellana, y luego como del Tránsito. Pero en tan larga historia también encontramos altibajos, como apunta el hecho de que en el siglo XVIII era ya sólo una ermita, hasta que con la desamortización de Mendizábal perdió esta condición. Tras la consolidación y limpieza que siguieron a su declaración como Monumento Nacional el 1 de mayo de 1877, se barajó la posibilidad de instalar entre sus muros un centro de estudios hebraicos que, finalmente, no se concretó. No obstante, su pasado judío fue reafirmado con la inauguración, en 1964, del Museo Sefardí, que en 1970 pasó a depender de la Red de Museos estatales del Ministerio de Educación y Cultura.

(FUENTE: “La sinagoga del Tránsito: arte de las tres culturas”, Memoria, la Historia de cerca, 18, 2009, pp.93-96)

Notre Dame de París


Notre-Dame de París es una de las Catedrales francesas más antiguas de estilo gótico. Pero antes de ser lo que es hoy fue en tiempos de los celtas un centro de culto, en tiempo de los romanos un templo dedicado al culto del dios Júpiter. En el año 528 se construyó la primera iglesia católica de París, la Basílica Saint-Etienne proyectada por Childeberto I y hasta 1163, fecha estimada de la construcción de la catedral, fue iglesia románica.
Al iniciarse su construcción, el Obispo Maurice de Sully la considera poco digna y la manda demoler. Sin embargo durante el reinado de Luis VII este proyecto es aprobado financieramente y se impulsa su construcción con algunas modificaciones de acuerdo con los nuevos planos trazados por Pierre de Montreuir, el arquitecto de la Sainte-Chapelle y de Jean Chelles, que colaboró con este. Colocó la primera piedra el papa Alejandro III.
La planta original se modificó añadiendo un corredor de capillas laterales que rodean por completo las naves y el coro; después, se prolongó los dos brazos del transepto hacia el exterior, dotándolos de nuevas portadas y de los espectaculares rosetones. Su planta en alguno de sus trazos se asemeja a la abadía de Saint Denis; tiene forma de cruz latina de cinco naves, con 130 metros de longitud, 48 de anchura, 35 de elevación de las bóvedas, 69 en las torres y 37 capillas. A lo largo del proceso de construcción fueron varios arquitectos los que participaron en el proyecto de ahí las diferencias estéticas presentes en la fábrica. En el año 1182 ya prestaba servicios religiosos y al iniciarse el siglo XIII arrancaron las obras de la fachada oeste.

Las tres portadas de entrada están orladas con esculturas, representando las de la puerta del centro, el Juicio Final y en cuyo tímpano se representa a Cristo en la Gloria. En el segundo piso resalta el rosetón, mide 9,60 metros de diámetro y a sus lados tiene pequeñas ventanas ojivales con una rosa pintada en cada una. En cuanto al tercer piso hay una galería de 8 metros de altura aproximadamente, sus columnitas son muy esbeltas, y en las ojivas, dispuestas de dos en dos, se ven trifolios calados. Mas arriba existe una balaustrada, y en ella se encuentran figuras de animales y quimeras, descollando finalmente, las dos torres, muy anchas y cuadrangulares, y con aberturas gemelas. En la de la derecha se encuentra una campana traída de Sebastopol y la campana bourdon, que pesa 13.000 kilos y se puso durante el reinado de Luis XIV. Durante su reinado, las vidrieras fueron destruidas para sustituirlas por elementos mas al gusto del estilo artístico de la época, el barroco.

Posteriormente en el año 1793 durante la Revolución Francesa muchos elementos de la catedral fueron destruidos y los tesoros robados, siendo la catedral utilizada como almacén de alimentos.El interior está compuesto por cinco naves y un crucero sencillo. Las bóvedas ojivales están sostenidas por 75 pilares. En torno de la nave principal y del coro, y sobre las naves laterales, se extiende una galería que adornan 108 pequeñas columnas monolíticas. Las tribunas, en la gran nave, tienen arcadas sostenidas por 108 pequeñas columnas y encima de la galería hay 37 ventanales. También son dignos de admiración las antiguas vidrieras y los rosetones de la gran portada y las portadas laterales, la verja que separa la nave del coro, obra maestra de rejería; la sillería y bajorrelieves del coro, que datan del siglo XV, y el órgano con 5 teclados, 6000 tubos y 110 registros. La sacristía encierra el tesoro compuesto principalmente de las reliquias que en otro tiempo guardó la Santa Capilla, como la Corona de espinas, pedazos de la Cruz y clavos de la Pasión. Con la llegada del romanticismo, los arquitectos Eugène Viollet-le-Duc y Jean-Baptiste-Antoine Lassus iniciaron un importante programa de restauración que se prolongo a lo largo de veintitrés años.

Actualmente y debido a unas obras realizadas en la plaza de la catedral se han encontrado restos de una iglesia merovingia del siglo VI.Notre-Dame también es famosa por la gran cantidad y calidad artística de sus gárgolas, se puede acceder a ellas subiendo por una estrecha escalera, la mas famosa de todas es la llamada " Stirga" realizada por Eugène Viollet-le-Duc.

(FUENTE: catedralesgoticas.es)

miércoles, 6 de mayo de 2009

Pamplona - Iruña


Siguiendo el camino francés, el Camino de Santiago nos lleva a la tercera parada: Pamplona (Iruña). Ésta corresponde a la 3º casilla del Juego de la Oca (o a la 35 si vamos de regreso).
El río Arga será el fiel acompañante hasta Pamplona después de pasar por Alkerreta y su frondoso bosque; Zuriain con su iglesia de San Millán; Irotz con un lugar instalado para descansar el peregrino; Zabaldika y su templo románico de San Esteban; y Arleta con dos importantes edificios: el Palacio del Señorío y la iglesia de Santa Marina.


Pamplona-Iruña puede ser considerada una ciudad de ciudades en el sentido de que durante siglos convivieron en su trazado burgos de origen, época y población diferentes y en muchos casos enfrentados entre ellos y divididos por murallas internas. Todavía podemos observar los diferentes trazados en sus calles que delatan su historia. Así, en la Navarrería, el barrio más antiguo habitado por los vascones, es reconocible la estructura clásica romana sobre cardus y decumanus; en San Cernín, con población mayoritaria de francos, la original forma hexagonal de concepción románica; en San Nicolás, con población más heterogénea, la forma rectangular en bastida propia del gótico.

Una vez dentro de la capital de Navarra, podemos ver un amplio catálogo de arquitectura gótica, destacando su catedral.
- La iglesia de San Cernín consta de una cabecera poligonal con tres capillas. En el centro se sitúa la capilla mayor y, a los lados, otras dos de menor tamaño. Sobre los arcos apuntados que dan paso a cada una de las capillas se abre un ventanal de grandes dimensiones y con vidrieras de vivos colores. Ante el pórtico de su entrada podemos ver una placa que nos indica el pozo con cuya agua bautizó el obispo a los primeros cristianos de Pamplona.
- La iglesia de San Nicolás: data del siglo XII y no nació sólo para atender oficios religiosos sino, sobre todo, para servir de bastión militar y defensivo de los vecinos de su burgo, del mismo nombre, siempre enfrentado con los otros dos burgos de la ciudad. Fue en 1222, en alguno de estos ataques vecinales, cuando un incendio arrasó la primitiva iglesia-fortaleza románica y hubo que construir una nueva, consagrada en 1231. Sus gruesos muros y verjas, así como la única de las tres torres de vigilancia que permanece en pie, dan cuenta de su conflictivo pasado.
- Catedral de Santa María: es de factura gótica
(1387-1525). Consta de tres naves de 6 tramos, crucero, y ábside poligonal rodeado por girola. La fachada es neoclásica, obra de Ventura Rodriguez (1783). La catedral que conocieron los primeros peregrinos era románica, pero tras el desplome del coro, el rey Carlos III el Noble, decidió acometer una remodelación completa de todo el edificio acorde al estilo imperante.
En su interior se encuentra el magnífico mausoleo del rey Carlos III el Noble
, y su esposa doña Leonor de Trastámara (obra de Jean Lomme de Tournai, 1416), compuesto de dos figuras sedentes bajo dosel, y rodeado de 28 figurillas de plorantes, todo ello en alabastro con detalles policromados y en metal.
Capilla del ábside, con un frontal de altar, del siglo XV y una buena sillería de coro de 1530.
Se accede al claustro desde el brazo derecho del crucero a través de la "Puerta del Amparo" que tiene capiteles historiados y una Virgen en el parteluz (la Virgen del Amparo) y en el tímpano la Dormición de María, policromada, del siglo XIV.
Claustro gótico, obra maestra del gótico (XIV-XV). Elegantes arcos cuádruples con tracerías caladas. Varias capillas y el Museo Diocesano.
En la catedral se puede observar la cocina gótica de inmensas chimeneas en la que se cocinaban las raciones que reconfortaron durante siglos a los peregrinos. También las verjas fabricadas con el hierro obtenido de parte de las cadenas que Sancho VII el Fuerte trajo como botín de guerra de la batalla de Las Navas de Tolosa.

Como curiosidad podemos decir que en el Museo de Navarra, entre muchas curiosidades, se encuentra la arqueta califal de Leire, delicado trabajo que según la tradición tuvo como objeto custodiar el Santo Grial en sus traslados sucesivos por tierras pirenaicas.

(FUENTES: wikipedia.org; infocamino.com; caminodesantiago.consumer.es)


lunes, 4 de mayo de 2009

La Peste Negra


San Roque, el santo representado con un perro al lado, es una imagen frecuente en muchas iglesias de España, de Europa e incluso del otro lado del Atlántico. Muchas son las localidades con una iglesia o ermita en su honor y muchas también las que celebran su fiesta. ¿A qué se debe tanto fervor? Su historia está unida a la gran pandemia que llegó a Europa en 1348: la Peste Negra o Muerte Negra. Dedicado a atender a los apestados, San Roque se contagió y se convirtió en patrón de la peste, junto a San Sebastián.

Como “acontecimiento mundial” más importante del siglo XIV, aquella gravísima epidemia hace de 1348 una fecha histórica esencial, uno de esos clavos indispensables para colgar el tapiz de la Historia. Ese año llegaba la “gran mortalidad”, “el mal que corre” (no se llamó Peste Negra o Muerte Negra en su tiempo), a una población europea sin inmunidad para resistir a la bacteria que desde el desierto de Gobi se dispersó hacia el este y el oeste del continente euroasiático, llevada por los roedores que acompañaban a los pastores y a los jinetes del Imperio mongol.

La Peste Negra se conoce de manera desigual en los reinos hispánicos; la documentación ha permitido conocer mejor su impacto en la Corona de Aragón que en la de Castilla. En Aragón, se produjo la “despoblación de las aljamas moriscas de Borja y Zaragoza y de los barrios judíos de Huesca y Zaragoza; suspensiones de envío de tropas contra Granada; aplazamiento de las Cortes; ruina de los arrendadores de peajes; disminución de las rentas de la acequia de Zaragoza; concesión de moratorias a los deudores; preparación de viajes a Roma para ganar el jubileo” (Lacarra).
Estos problemas y acciones no fueron exclusivos de Zaragoza. A esa ciudad había llegado la epidemia en septiembre de 1348, pero meses antes había atacado a otros lugares de la Corona aragonesa. Es impresionante la velocidad que había cogido la bacteria. El barco que infectó al Occidente europeo había salido de Caffa (península de Crimen) en octubre de 1347. Llegó al puerto de Mesina a finales de ese año, y alcanzó la costa levantina en la primavera de 1348. La primera víctima fue Guillem Brassa, un ciudadano de Alcudia (Mallorca) que murió a finales de marzo de 1348. El medio más eficaz del contagio, los barcos, esparció la peste por la costa mediterránea. A principios de abril había llegado a Almería, en mayo a Barcelona, Tarragona y Valencia, en junio a Teruel y Pamplona, en septiembre a Huesca y Zaragoza, en octubre a Tuy Zamora. Estaba en Toledo en el verano de 1349, y en marco de 1350 produjo estragos en el ejército que intentaba asaltar Gibraltar al mando de Alfonso XI, que murió de peste.
Hubo otras puertas de entrada de la epidemia. A Pamplona pudo llegar desde Francia por los puertos pirenaicos que abrían el Camino de Santiago, y de allí pudo partir a la Cornisa Cantábrica y a Galicia. Si se movió al ritmo que lo hizo en Francia, a cien kilómetros al mes, pudo llegar a Santiago de Compostela antes de terminar 1348.

Pronto empezó a tomarse medidas, ineficaces al desconocer los propios médicos la naturaleza de la epidemia. Los regiementa, tratados escritos por médicos desde el momento que llegó la peste, se preocupaban por analizar sus causas, describir sus síntomas y proponer medidas profilácticas y terapéuticas.
Agramont (un médico de Lérida) y otros contemporáneos señalaron los cuerpos celestes como provocadores de la peste, aunque las causas naturales fueron tenidas en menos consideración que la explicación sobrenatural: la ira de Dios castigaba a los hombres por sus muchos pecados.

No podían imaginar que se trataba de una bacteria que vivía en el estómago de un tipo particular de pulga (Xeopsilla cheopis) que viajaba en los lomos de las ratas.
También desconocían las tres variedades de la peste (bubónica, pulmonar y septicémica), limitándose las descripciones a la variedad bubónica.

Los remedios que se aplicaban eran ineficaces. Los propios médicos recomendaban la huida y la oración. La huida tenía riesgos para los residentes de la ciudad afectada, de ahí que se constate una tendencia a ocultar la enfermedad. Callar era bueno por razones económicas, sociales y psicológicas. Se procuraba impedir la entrada de hombres y mercancías del lugar afectado y aislar las localidades con peste.
Recurrir a la oración fue el remedio más común: indulgencias, limosnas, misas, procesiones, rogativas, plegarias...
Sospechaban que la epidemia era muy contagiosa, y por ello las autoridades municipales tomaban medidas preventivas y de higiene pública. En Valencia se contrataron barrenderos y limpiadores para retirar de las calles los animales muertos y recoger las basuras. Se reclutaban hombres para retirar cadáveres y sacar de sus casas a los enfermos pobres, solos o abandonados; contrataron más guardas de las puertas, para evitar la entrada de más contagiados, evitar la indisciplina callejera, los pillajes de las casas o los ataques a judíos.

Las consecuencias fueron de muy diversa índole: demográficas, económicas, sociales, políticas, religiosas, psicológicas, artísticas y literarias. Las más terribles fueron las demográficas. No hay porcentaje preciso de mortalidad general para los reinos peninsulares, aunque se ha señalado que pudo ser superior en los reinos de la Corona de Aragón que en los de Castilla. Hubo un promedio de mortalidad de un tercio de la población europea, aunque con importantes diferencias entre unas áreas y otras.

La peste no distinguió de edad, género o grupo social (Alfonso XI de Castilla o Juana II de Navarra murieron de peste). El descenso demográfico se produjo también por el descenso de las tasas de nupcialidad y natalidad y por la emigración.

Las consecuencias económicas fueron después de las demográficas, las más perjudicadas. Fue tal el desastre económico de la peste que acabó por recibir un tratamiento similar al de la guerra, en el sentido de ser un motivo de remisión de pagos.

Las consecuencias de la peste se manifestaron en otros aspectos. Los cambios psicológicos ante el miedo de una muerte inminente, introdujeron el sentido de la urgencia y una nueva medida del tiempo que se reflejó en la construcción de relojes en las plazas de muchos lugares. Se han detectado cambios en las manifestaciones artísticas; así, la representación de la figura de Cristo dejó el carácter amable por el severo, temeroso o, al menos, distante: la temática optimista se cambió por otra macabra; los temas se hicieron más moralizantes.
Su efecto duró siglos, pues no desapareció hasta el siglo XVIII. Cada pocos años, la peste volvía a ciudades, villas y lugares y sembraba la muerte de manera más o menos intensa.

(FUENTE: M.J. FUENTES; “La peste negra: mensajera de la muerte”; La Aventura de la Historia, 121, 2008, pp. 94-98).